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miércoles, 29 de diciembre de 2010

El Saco







W. B. U.




"Mamá" o "Mañana"..., no se entendió bien, porque -apenas- musitó un sonido ronco, tímido y, a continuación, apoyó la frente contra la tela fuerte del saco que lo contenía. Más que apoyarla, la depositó, como una hoja desprendida sobre el césped, cansado de tanto llorar.




La madrugada cómplice, sorda y muda, no permitió ver a la mujer, enajenada, arrastrando el bulto y encaminándose hacia el Puente del Monje, donde finalmente ejecutó el crimen con el que pretendía resolver impunemente su incapacidad de madre.





FIN

lunes, 27 de septiembre de 2010

Una vez más



W. B. U.

En la soledad del patio, él, un hombre que con inocente esfuerzo se arrimaba al umbral de los 35 años, jugaba, corría y daba vueltas, una y otra vez, siguiendo una órbita heliocéntrica en torno a su hijo autista. Recogía la pelota que le había lanzado cientos de veces para que el pequeño la tomara; sin embargo, el niño continuaba imperturbable, como una estatua de sal, atrapado en un halo de eterna inconsciencia que lo hacía encontrarse muy lejos, dentro de sí. La pelota le golpeaba suavemente el cuerpo, para alejarse dando breves botes, a unos cuantos metros sobre el césped.

Él, podría haber pensado qué sentido tenía todo aquello. Podría haberse dado por vencido. Pero como arrobado por una inconsciencia testaruda, prisionero de una fatalidad gratuita que encontró un buen día, recogía una vez más el balón, para lanzárselo al cuerpo.

Obstinado, quería ganarle al destino, quería vencer la derrota que la realidad le había propinado a los sueños que se había forjado cuando esperaba el nacimiento de la criatura: iba a jugar al fútbol con su primogénito varón, tal como habían jugado con él. Le regalaría una camiseta azul. Esperaba que su hijo golpeara el balón para que él, bajo los tres palos, simulara que su esfuerzo no podía evitar la conquista. Entonces, desde aquel día tendría que comprarle botines con estoperoles y las canilleras de última moda, tal vez llevarlo uno que otro domingo al estadio.

Él le lanzaba la pelota mientras lo estimulaba, pero los vítores rebotaban contra las solitarias y mudas paredes de la propiedad:

-Muy bien, ahora viene corriendo por la punta derecha, burla a uno, a dos, a tres, levanta la cabeza, lo mira mejor ubicado en el centro del área y le lanza el paseeee…-gritaba, jadeando.

Y ahí acababa todo. El eco de sus palabras se ahogaba abruptamente en el sordo pozo de la realidad. Terminaba el ataque de un equipo imaginario estrellándose contra la inclemente realidad de su hijo que sólo atinaba a quedarse de pie y a mirarse los dedos, que movía con extraordinaria habilidad, escribiendo increíbles historias en el aire.

No sabía cómo derrotar esa barrera infranqueable de soledad y aislamiento en la que estaba encerrado su retoño. Nadie podía saberlo, ni la ciencia con todos sus adelantos lo había podido insinuar siquiera, pero él, con una ceguera terca, iba una y otra vez a la carga, como un equipo que debe vencer a una cerrada defensa rival; sin embargo, tenía la llave en su poder sin saberlo siquiera. Lanzaba ya la pelota sin esperanzas, sólo porque debía hacerlo, en la soledad y quebranto de una paternidad malograda, y esa era, precisamente, la llave que liberaría su infortunio, porque continuó empecinado, como gota que orada el granito más duro, lanzando una y otra vez el balón.

-La para de pecho, la controla, se pasa a uno, se pasa al segundo, levanta la cabeza, lanza el pase, se huele el gol… se huele el gol…

Pero avanzaba la tarde y ya la luz adecuada para la práctica del fútbol, se había ido hacía rato, sin que él lo hubiera notado prudentemente. Además, su hijo de tan quieto que estaba en el centro del patio, sobre el césped, absorto, se estaba enfriando y podía coger un catarro.

Él, el padre obcecado, no había perdido la esperanza, sencillamente, porque no la tenía.

Sólo sabía que tenía que ir a la carga una y otra vez, para derrotar el aislamiento de su hijo, para hacer sucumbir esa barrera que, como una pared de piedra lo separaba de la vida común y corriente. Y en vez de haberse convertido en una gran máquina o cíclope que hiciera colapsar de un golpe la dura roca, se había vuelto una pequeña hormiga, testaruda y ciega, que iba silenciosamente, en medio del patio de su casa, mientras se iba la luz del sol, llevándose uno a uno los miles de millones de granos que conformaban esa pared egoísta para hacerla caer.

De pronto, él, el padre pertinaz, creyó ver un breve brillo de conexión en los ojos de su hijo y dificultosamente vio como su silueta, recortada tenuemente contra las sombras del patio, comenzaba a moverse…

En un momento, todo quedó suspendido por los finos hilos de la esperanza, padre e hijo fueron cómplices de una misma realidad. Desde el fondo del patio se elevó furioso un largo grito apagado miles de veces:

-¡Goooooooooooolllll!


FIN

jueves, 23 de septiembre de 2010

El sueño solitario




W. B. U.

Su soledad era tan grande como el pañuelo de seda que le habían regalado para su cumpleaños y ya el vacío casi perpetuo en el que se encontraba desde hacía meses, lo mantenía agobiado. Su conducta social era áspera y de un retraimiento hostil, propio del más cerril de los campesinos.
Sumido en las sombras más profundas de su cansancio, pero motivado por una necesidad tan imperiosa como recóndita, estaba Hernán soñando una vez más en aquella noche. Como víctima de un febril delirio, despertaba una y otra vez y volvía a quedarse dormido para continuar un sueño testarudo y perseverante, en el que un joven trigueño, delgado y de cabellos despreocupados, iba tomando forma y se le aparecía, cada vez más definido, en medio de un sinuoso camino rodeado de jardines.
En su inagotable deseo de compañía, Hernán era puro empecinamiento. Estaba empeñado en utilizar el poder de la palabra para crear de sus sueños a otro ser humano. Para darle vida a quien le acompañaría a ver transcurrir lentamente el calendario. Sólo para él, como un adolescente que descubre la potencia del amor. Su palabra era dicha e imaginada en sueños, perseverante y decidida, tan testaruda como el Obelisco de la Avenida 25 de Mayo. Su palabra era tenaz como un ruego.
Entonces, en el limbo de su conciencia, quería quedarse dormido cuanto antes, dejándose abandonado en el mar oscuro de su soledad, para que lo venciera nuevamente el sueño. Su palabra creadora en forma de ruego, comenzaba a trepar desde una soledad profunda, desde un abismo atlántico, elevándose como letanía encadenada en una rogativa seria y misteriosa. Su invocación monocorde doblegaba la quietud de sus dormidos labios y comenzaba a musitar suavemente el nombre de su creación, un muchacho que sería la compañía idealizada con la cual derrotar su soledad.
Entonces su palabra soñada fuertemente y musitada por unos labios dormidos se convertía en el verbo creador, dando forma a un vacío que intuía y se convertía así en un tímido dios, jugando a la creación.
Pero entonces surgía un ruido impertinente, un fastidioso accidente en el silencioso universo de su pieza y Hernán despertaba, transpirado, ansioso y molesto, incitado por su sublime esfuerzo de crear a un nuevo ser humano que lo acompañaría para siempre, que sería esencialmente fiel consigo mismo y con su soledad infinita. Él sabía que faltaba poco para que su palabra, su verbo creador se hiciera carne, formando con su creación una nueva e intrínseca relación, porque su creatura sería una persona, un otro que lo amaría como él ya intuía amarlo. Y su relación sería un nuevo Espíritu Santo, sería la máxima y plena expresión del amor infinito y veraz entre dos personas, que serían una.
Pero así como faltaba poco para lograrlo, faltaba poco para que llegara el día. Los cielos de Buenos Aires comenzaban a teñirse del grisáceo resplandor que viene desde las más lejanas superficies del Océano y Hernán sintió miedo de no poder lograrlo. Sabía que tenía que empeñarse aún más en su esfuerzo y recurriendo a las últimas fuerzas de una desesperada noche, se obligó a dormir para encontrar inmediatamente a su joven amado tendido en el prado de su jardín. Allí él estaba cómodo y seguro, como nunca, pero esta vez él sabía que no podía despertarse, porque si lo hiciese el alba ya habría llegado y todo su esfuerzo se perdería en el arrollador torrente de la conciencia. No, él no se permitiría despertar. Despertar suponía enfrentarse a una soledad que lo carcomía insensiblemente, por lo que decide acercarse al joven, en medio del jardín y de sus efluvios primaverales.
Él comienza por acariciarle un torso desnudo y corpulento y la sonrisa es correspondida, pero lejos de ese jardín, detrás de los altos abetos comienza a crecer lenta y sostenidamente el ronco y metálico ronronear de un reloj-despertador. Es el trabajo que llama, la oficina que llama, esa realidad abyecta que lo envilece sin compasión y a cada minuto del día es la que lo está llamando, insistentemente, desde la campanilla del despertador. Hernán se desespera y se oculta entre los arbustos de su jardín. Toma de la mano a su joven creación y deja que éste lo cobije con un brazo musculoso y lleno de vigor. Entonces mientras el sonido del despertador pretende destrozar la armonía del jardín, Hernán se entrega a un beso que lo borra todo, se entrega a un beso mágico que vuelve mudo ese maldito ronroneo metálico y por primera vez es feliz, es tan inmensamente feliz que todo ha desaparecido. Han desaparecido las preocupaciones, los miedos. Ha desaparecido el sonido del despertador y su jardín, ha desaparecido su joven compañero y ya solo, cree todavía sentir el vigor del robusto brazo, porque ahora todo es oscuridad y silencio…
El detective corre la cortina del cuarto para dejar entrar la luz, pero es la sonrisa en el rostro del cadáver de Hernán la que ilumina la triste habitación. Está muerto sobre su cama, sin lesiones aparentes atribuibles a terceras personas que explicaran su deceso. Como un presuroso juicio, el detective anotó en su libreta: “como si no hubiese querido despertar” y se fijó en una sutil sonrisa que le había quedado grabada en los labios. Era una sonrisa que daba cuenta de haber encontrado las más absoluta felicidad.


FIN

jueves, 24 de junio de 2010

El Tejedor



W. B. U.

El silencio cómplice de la madrugada fue roto estruendosamente por las aspas del helicóptero militar. La camanchaca del litoral se metía por la puerta abierta de la nave y apenas permitía identificar los roqueríos de Punta de Fraile, a escasos metros de Horcón, allá abajo, a 200 metros, en el encabritado mar.
La faena se realizaba con mecánica indolencia. Uno a uno, el cabo y el sargento fueron lanzando los sacos con restos óseos, en la seguridad que le daba aquel acto impune y el hecho de haber agregado en cada uno de ellos, un pesado trozo de riel. Era otra orden más que se debía cumplir para defender el honor militar.
El suboficial recordó el momento exacto cuando, 25 años atrás, había detenido a “El Tejedor” en una tildada casa de seguridad. No recordó que se llamaba Emilio Pichilef, ni que era un verdadero prodigio, trenzando las fibras de lana de oveja que hilaba en su huso ancestral. No recordó tampoco, cuando lo torturaba, que Emilio le advirtió entre borbotones de sangre que tarde o temprano se iba a arrepentir.
Cuando el suboficial tomó el último saco, ya con algo de cansancio y molestia, no se dio cuenta que algunas fibras comenzaron a trenzarse en torno a uno de los botones de su chaqueta militar. Tampoco intuyó que se acercaba el momento de enfrentar sus crímenes. Sólo sintió, cuando lo arrojaba con un último envión, que su cuerpo también era jalado fuera del helicóptero y se precipitaba a un vacío silencioso, en el que se escuchaba sólo la advertencia de “El Tejedor”:

-Tarde o temprano…

FIN

domingo, 9 de mayo de 2010

El Sueño




W. B. U.

Gabriel se levantaba cada día recordando perfectamente lo que había soñado durante la noche anterior. Así venía sucediendo durante los últimos años, lo cual no era, claro está, ningún problema para él. Al contrario, era más bien gracioso, sobre todo si se considera que, luego, le iban ocurriendo una serie de percances durante el día, que hacía que el sueño se fuera materializando completa y fielmente.
Esta suerte de premonición era como un embrujamiento alegre que le ayudó, en último momento, a cambiar de bus en un viaje al exterior, después que recordara que la máquina que soñó volcada e incendiada, tenía una franja azul y roja sobre un fondo platinado, tal como el bus que le abría las puertas para que subiera.
Se vistió de héroe cuando repitió, paso a paso, lo que había soñado y salvó a su jefe después que éste se atragantara con un pequeño trozo de carne en el restaurante. Debió fingir que se sorprendía, cuando en una ceremonia le conferían un importante premio que disputó, palmo a palmo, junto a otros dos colegas.
Sin embargo, desde hace siete días atrás todo ha sido un verdadero infierno para él, porque ha permanecido en vela después que soñara que justo en el momento de dormirse un ataque cardíaco terminaba con sus días.
Gabriel ha consumido una serie de cosas, desde café con bebida cola, hasta bebidas estimulantes. Ha fumado, se ha lavado la cara para no dormir, pero ya anda a los trastabillones. Se vio obligado a consumir drogas mezcladas con café, cuando estaba a punto de dormirse, porque quiere escapar a su designio.
En medio del agobio, Gabriel quiere espantar un dolor lacerante en su espalda y se recuesta para darse alivio. En ese instante, comienza a pensar que su vida ha sido buena. Piensa en sus hijos y se cruza también por su mente, el momento exacto cuando contrajo matrimonio con Sara. Este recuerdo, sin embargo, fue difícil de evocar porque un dolor muy penetrante estaba aguijoneándole el pecho…

FIN

viernes, 6 de noviembre de 2009

Dos caballos blancos










W. B. U.


Desde muy niña a ella le gustaban los caballos. Yo, en cambio, los he odiado siempre. Ella los cuidaba y los mimaba con entrañable cariño, costumbre que inició en aquellas tardes lejanas de su infancia, cuando galopaba las horas y los crepúsculos en los campos del abuelo.
La primera vez que lo hizo sola, frisaba los doce años. Casi voló aquella vez. Su delgado cuerpo flotaba sobre el suave lomo del animal, mientras su pelo largo dibujaba orlas doradas que se recortaban sobre el cielo intensamente azul, dando un poco de paz y descanso al esforzado abuelo, que la miraba extasiado.

Ahora ella está frente a mí, en otras circunstancias. Muchos años han transcurrido, desgranándose día a día, con paciencia de árbol. Mientras yo estoy atento a cada movimiento, ella tiene una mirada perdida, absorta en quizás qué pensamientos lo que me brinda la oportunidad de apoderarme de uno de sus caballos blancos, sin que se percate, sino hasta que sea suficientemente tarde.
Ella, cada tanto, hace enormes esfuerzos por seguir defendiendo sus caballos. Los oculta, los protege con las pocas fuerzas que le quedan. Me había encargado yo de irla despojando de todas sus capacidades, de todas sus oportunidades, de todas sus convicciones. Su fuerza no era ya más que una tímida caricatura de lo que fue al inicio de nuestra contienda, cuando intentó atacarme en mi punto más débil. No contaba ella con que había aprendido a leer muy bien su transparente inocencia.
Mi deseo de causarle daño, se había vuelto un empecinamiento, hasta el punto de no pensar en los riesgos que ello implicaba. Lo único que osaba en meditar era la forma impúdica, casi obscena, en que quería apoderarme de sus dos animales, lo cual –me exigía- debía hacerse estableciendo, con claridad meridiana, que sólo me movía a ello la venganza. Para lograrlo debía ser de una manera tal que ella asistiera al espectáculo de la captura, sin que tuviera la menor posibilidad de reaccionar ni de revertir la situación. La quería ver desesperada, compungida.
Si a consecuencia de mis actos, yo recibía luego algún castigo, eso echaba por tierra el placer de la venganza, por lo tanto pensé muy bien, en varios repasos meticulosos, cada uno de mis movimientos. Ella debía darse cuenta, mansamente, que había sido yo el causante de la desaparición de sus caballos. Ella debía quedar absolutamente estupefacta, castigándose una y otra vez, por haber permitido mi jugada macabra, la cual –me resultaba imperioso- debía terminar completamente impune, avalada por su complacencia.
Finalmente, me decidí a hacerlo de la forma más brutal posible. Nada de sofisticaciones. El movimiento debía ser nítido, claro, casi bestial, y así lo hice.

Ella no vio el movimiento perverso y sutil de mi mano. Tomé al pequeño animal por la cabeza y sentencié:

-¡Jaque!

FIN

martes, 29 de septiembre de 2009

El Secreto




W. B. U.


Él llega a hacerse cargo de los negocios mafiosos del padre después de quince años de ausencia. Encuentra de inmediato a la sirvienta, cuyos pechos provocan nuevamente los mismos sentimientos que incitaron su temprana y verrionda adolescencia, y a pesar de que el tiempo y la gravedad ya los han magullado, aún conservan algo del donaire y la turgencia de otros tiempos. ¿Lo habrá amamantado alguna vez?, piensa. No lo recuerda, pero intuye el sabor.
Él era el último hijo de Doménico Calabressi, un capo respetado por muchos. Los que no, aún retuercen sus huesos a tres metros bajo tierra.
Sus dos hermanos habían sido mucho mayores y ya había muerto en reyertas estériles y alcohólicas. Más de 20 años los habían separado y, a ciencia cierta, cada vez que lo preguntó, nadie pudo responderle cómo su madre lo parió teniendo más de 50 años.
Franco llegó orgulloso y altanero como todo un Calabressi. Era el fiel reflejo del padre.
Esa actitud desafiaba la humildad de la empleada, la última de todas las sirvientas y criados que había en la casa familiar. Tampoco se imaginaba por qué su padre no había despedido nunca a esa mujer, bastante lenta para los trabajos domésticos y quien se desenvolvía por la casa, como transportando a hurtadillas un desafiante secreto ominoso.
Él la llamó y sintiéndose todopoderoso comenzó a acosarla. Ella retrocedió roja de vergüenza y salió corriendo del despacho principal. Él la llamó con más fuerza y le dijo que la quería en su cama esa noche. Pero esa noche, él durmió solo.
A la mañana siguiente recibió una descarga de preguntas, nuevas exigencias y amenazas. “No, no puede ser”, fue toda la respuesta que recibió Calabressi. “A mí nadie me rechaza”, sentenció él, seguro como un dios. “Prefiero la muerte”, sollozó ella, encogida en su humildad, mientras intentaba disimular el temblor de sus manos con un pañuelo. “Será”, pensó él, achicando sus gélidos ojos felinos.
A los tres días, la mucama fue sepultada en un pequeño cementerio a las afueras de la villa, sin fiestas ni lágrimas.

FIN

domingo, 27 de septiembre de 2009

La Escalera




W. B. U.



Tres veces por semana, Miriam hacía subir sus sueños más callados por esa escalera que la conducía al misterio de siempre. Hoy, con el mismo sol en las alturas, seguía siendo jueves, tal como el día anterior. Tal como hacía dos días y tal como hacía tres, porque el viento fresco y salino, como entonces, le refrescaba el afiebrado rostro como una letanía, y el frío que cargaban millones de minúsculas gotitas de mar, le hacían erectar los pezones de sus escuálidos pechos que se erguían bajo la polera, como una breve amenaza.
Se atrevió a dar el primer paso y pensó por breves segundos. El primer peldaño de la escalera de cemento le parecía ya una altura seductora y provocativa. Pensó en el graznar de las gaviotas que le taladraba los oídos igual que en los días precedentes. Pensó en que, luego, el plan de Valparaíso se quedaría unos doscientos peldaños más abajo, junto con el olor a jureles gritados destempladamente en las calles contiguas a la Plaza Echaurren.
Ella buscaba lo de siempre. Encontrarse con cualquiera, porque cualquiera servía para saciar la profunda sed de su soledad. Ella buscaba encontrar el pretexto que le hiciera darse cuenta que algo estaba transcurriendo, que algo era distinto al quehacer de su día anterior. Pero, no. Todo era exactamente igual. Todo era como un mismo rutinario y constante Dèja Vu, repitiéndose una y mil veces. En esa escalera no aparecía nadie y ella se veía obligada a seguir subiendo. Pensó entonces que, como siempre, tocaría con la punta de los dedos la irregular pared de piedras, cuyos peldaños olían a orines trasnochados y a gatos marcando territorio.
Todo era igual, exacta y odiosamente igual. Era un conjunto de sensaciones y realidades que se materializaban de la misma forma, sin la menor variación, como un segundo empalagoso que duraba horas. Ella subía y subía cada peldaño con la decisión que le habían enseñado sus padres y una vida de carencias. Ella subía cansada, sin darse cuenta. Era un tiempo agotado, que permanecía estático a su alrededor. Un espacio, también cansado. Es que ella había estado, como cada noche, hasta las cuatro de la madrugada, en el bar que colindaba con la casa, donde alquilaba una pieza con otros cuatro estudiantes universitarios.
Pensó que cuando subiera los últimos tres peldaños se daría cuenta que, en la noche anterior, se había comportado en forma miserable y patética, al intentar justificar lo injustificable y que, al final, para no seguir discutiendo, había sido suciamente agresiva, al espetarle en la cara: “Entiéndelo, no soy la santa que tú quieres”. Después de ello, había dejado tras de sí un portazo, cuyo eco, latoso como una peste, todavía martillaba en su memoria.
Cuando llegase a la calle de la Facultad, pensó que se daría cuenta inmediatamente que, tal como el día anterior y los días precedentes, todo se había detenido bajo el sol cenital. Allí estaría la lata de cerveza aplastada, como el día jueves. Allí estaría la rotura en el conducto del agua de lluvia, carcomido por el paso de un tiempo oxidado y detenido en el olvido, tal como lo había visto tantos jueves.
El tiempo no transcurría, porque nada cambiaba en la magnífica rutina de Miriam. Ni siquiera envejecía, lo que, a veces, le resultaba molesto, pero justo entonces entendía que el tiempo era la magia que construía para sí, cada vez que hacía algo distinto a lo anterior.
Por ello, cada mediodía llegaba hasta la Facultad de Música de la Universidad Panamericana y entraba al salón de clases. Allí, arrellanándose en una mullida silla y en su silenciosa soledad, arrancaba las primeras notas de las cuerdas de su violoncello y el tiempo, mágicamente, comenzaba a transcurrir. Era un devenir matemático, un efluvio mecánico expresado en fracciones de un tiempo estático que se desgranaba en infinitos rebotes en las paredes del salón. Era el tiempo un sonido que asemejaba a voces humanas y que se le metía por los poros. Sólo en esa instancia mágica y creadora el tiempo existía. El sonido se deslizaba desde la caja de resonancia de su violoncello e inundaba y desbordaba sus tímpanos. Hacía vibrar las paredes, las hojas de los árboles y las miradas abatidas. El sonido inundaba de luz aquellos escondrijos donde se ocultaban las sombras y el silencio. Entonces, ella cerraba, por fin y ritualmente, sus ojos, siempre ávidos de imágenes, y se dejaba mecer por los acordes trinitarios y los arpegios que jugaban a escaparse por la ventana. Se dejaba llevar por los ritmos, balancear por las armonías, acariciar por las percusiones; en definitiva, se dejaba sentir cada uno de los instantes musicales que le proporcionaban la felicidad de tener la certeza de que el tiempo transcurría. Sólo así se sentía viva y se sentía envejecer, aunque fuera lentamente y sólo tres veces por semana, después del mediodía.
Después de dos horas, en cuanto dejaba de frotar las cuerdas de su violoncello con un arco firmemente aferrado a sus dedos, sentía que todo volvía a detenerse. Se estancaba la vida y su corazón en una tristeza profunda y quieta, porque todo volvía a ser igual que en los empantanados días anteriores. La misma rutina hiriente de su pobreza digna, como un calor pegajoso que no la dejaba moverse, la esperaba agazapada. Entonces, intentaba sacarle nuevas notas a las cuerdas, pero sabía que no podía quedarse, porque debía cumplir con el rito de salir del salón, salir de la Facultad y bajar por aquella escalera, que la conducía a la eterna rutina de su soledad.
Sin embargo, a pesar de la enorme tristeza sospechada, que sucedería a la excitación que le provocaba el fabuloso momento en que creaba el tiempo frotando las cuerdas de su violoncello, respiró profundo, se atrevió, incluso, a sonreír y dio su segundo paso para subir por la escalera en busca del misterio.

FIN

viernes, 10 de abril de 2009

Desnudada






W. B. U.

Entre sus sueños eróticos más celosamente guardados estaba el que le desgarraran la ropa dejándola totalmente desnuda, abandonada, indefensa y sola, en medio de un paisaje oscuro y totalmente desconocido. En sus sueños ella no veía a su violador, sólo veía una mano delgada entre las sombras.

Eso era lo que soñaba siempre, en medio de una soledad cómplice y cuando lo hacía su mano la traicionaba y, agazapándose entre sus ropas, buscaba el calor de su perfumada vulva.

Por fortuna, sin buscarlo, al poco tiempo su sueño se hizo realidad, pero en manos de una mujer.

La gitana venía bamboleando su amplia pollera con su sinuoso caminar, le sonrió y no medió entre ellas ni una sola palabra. Hipnotizada, ella estiró su mano, la que fue leída con fruición y seguridad.

Al cabo de algunos minutos, la gitana se iba con un billete en sus manos, mientras ella quedaba abandonada, indefensa y sola en medio de un paisaje totalmente oscuro y desconocido. La gitana había leído en esos surcos, tres o cuatro verdades y había dejado un alma totalmente desnuda a la vera del camino.


FIN

martes, 24 de marzo de 2009

Oye












W. B. U.

-Oye…, soñé contigo…- se atrevió a musitar, con una voz que sonaba a excusa, cuando ella se puso de pie para tomar rumbo a casa. Es que, en verdad, la fiesta iba en franca decadencia.

Ella detuvo el movimiento de su cuerpo por una fracción de segundo. A él este gesto, casi imperceptible, le pareció absolutamente esperanzador…, pero ella ordenó su pelo con los dedos de su mano derecha y continuó avanzando, dándole a su vida la naturalidad de siempre.

FIN

lunes, 9 de junio de 2008

Cien zapatos de moda




W. B. U.

Verdaderamente su padre había cometido un exceso cuando la bautizó, en la pequeña Capilla de la Inmaculada Concepción de Móstoles, como Irma María Eliana Laura. La usanza de la época aconsejaba solamente dos nombres, por lo que la cuestión se volvía claramente descomunal si se considera que sus apellidos eran, además, Dorochessini, por parte de padre, y Altamirano, por la parte materna.
En lo práctico, todo formulario, guía de ingreso, libro de registro o cédula de inscripción quedaban superados por la cantidad de letras que tenía el nombre completo, y esta incomodidad la vivió desde sus primeros días la pequeña, ya que a las pocas horas de nacer, comenzaron a notarse en sus caderas algunos nódulos que crecían lentamente por lo que se vio obligada a permanentes visitas a hospitales y consultorios.
La madre, responsable y asustada, la llevó a la consulta del médico para que observase esos extraños crecimientos y la respuesta prudente del facultativo fue que debían realizarse algunos exámenes, pero esto no fue necesario, pues la velocidad de crecimiento de esas protuberancias permitió observar claramente que se trataba de varios pares de piernas que se le estaban desarrollando a la niña. Piernas humanas, con sus correspondientes pies, tobillos y dedos, todas completamente formadas.
La situación incomodó un breve período de tiempo a los padres, sin embargo, la impresión cambió cuando la niña, con sólo cuatro meses pudo adoptar la vertical, gracias a los nueve pares de piernas que ya le habían crecido. Era una delicia verla caminar a una edad en que todos sus pares aún no levantaban sus cabecitas de la almohada en que los dejaban acostados.
La historia apareció rápidamente en los noticiarios de la TV, en las portadas de diarios y en cuanta revista de farándula y científicas existían. Las entrevistas que brindaban los padres le producían cuantiosas ganancias a la familia, razón por la cual en ningún momento los progenitores pensaron en operar a la criatura para quitarle las dieciséis piernas que le sobraban, ni tampoco para hacerle ver las nuevas protuberancias que venían creciéndole.
No obstante lo anormal de su desarrollo corporal, la niña comenzó a sacarle provecho a la situación y así destacó, durante su vida escolar, como una rápida atleta fondista, ya que podía correr apoyada en varios pares de pies a la vez y luego utilizar alternativamente algunas piernas mientras hacía descansar las otras.
El ingreso al Instituto de Educación Técnico Profesional, donde comenzó la carrera de Diseñadora de Vestuario y Estética Ambiental la sorprendió con cincuenta pares de piernas que surgían de sus caderas. Mientras tanto, sus padres habían desaparecido con el dinero recaudado producto de entrevistas y presentaciones en programas de televisión. De cuando en cuando, llegaba a casa una postal desde algún lugar turístico, como las pirámides de Egipto o el Partenón de Atenas.
Como la creación de un pantalón que le calzara, habría resultado un desafío inabordable para cualquier modista, incluso para Irma María Eliana Laura Dorochessini Altamirano, recurría a utilizar amplias faldas de todo tipo de telas, las que combinaba hábilmente con su centenar de calcetines y zapatos, de los más variados diseños, formas, tamaños y colores.
Con 23 años salió al mundo para buscar trabajo, consiguiéndolo en una industria textil, en la que debía elaborar los más variados diseños de ropa. Sus obligaciones laborales también la hacían revisar cientos de revistas de modas y compartir en desfiles, presentaciones, showrooms, open days y cuanta actividad se organizara en el mundo de la moda. En aquellas oportunidades, gustaba de comer algunas galletas y colitas de camarones con mostaza, única salsa que le resultaba realmente deliciosa mientras despachaba, con graciosa agilidad y diplomacia, a decenas de impertinentes periodistas y gente que pretendía escalar posiciones en la grada social a costa de su cercanía.
Llena de patas, no entraba en taxis ni buses, por lo que siempre se la veía caminar con presteza por los parques y bandejones centrales de avenidas transitadas, tanto sea rumbo al trabajo como de regreso a su hogar. A pesar de todo, ella era inmensamente feliz, sobre todo a la hora de comprar zapatos, cuestión que le provocaba un placer inmenso. Si a veces quedaba absorta con las líneas, cortes y costuras de los zapatos que observaba en revistas y escaparates, en otras ocasiones ella cerraba sus ojos y deslizaba sus dedos por las líneas sinuosas de los zapatos e imaginaba a los zapateros en el momento en que los cosían. Ese era un momento realmente íntimo, de contacto inusual. No era el simple acto de ver, elegir y cancelar por un par de zapatos. No, era un momento mágico de contacto entre maestro y usuaria. Ella sentía en cada una de las puntadas, en el corte de la suela, en el recogimiento de la capellada, el laborioso cariño del maestro zapatero y cumplía, entonces, con calzárselos con una fidelidad que nadie comprendería. Así lo hacía con cada uno de sus cincuenta pares de zapatos, los que se veía obligada a calzar con dificultad, porque entre todas las piernas debía buscar un pie derecho, para calzar el primer zapato y, a continuación, un pie izquierdo para calzar el otro.
Sin embargo, a pesar de la sonrisa fácil, de la alegría entregada con cariño, trascendió rápidamente que Irma María Eliana Laura estaba demasiado delgada porque debía dejar de comer para poder adquirir los zapatos que necesitaba. Inmediatamente se organizó una cruzada solidaria en la pequeña municipalidad de Móstoles para adquirirle el calzado que fuese necesario, ya que la joven había sido un gran aporte al desarrollo de la industria hotelera y turística de la Provincia, al llegar de todas partes los turistas para pasearse por las calles de la ciudad, conocedores que la joven no podía subir a ningún automóvil. Todos ansiaban encontrarla pronto, a la salida de su trabajo o cercana a la calle de las zapaterías.
Así fue como una mañana hicieron en el pueblo una colecta organizada por la Alcaldía, para comprarle zapatos. La licitación fue ganada por la zapatería “Real”, que presentó la oferta más conveniente, a juicio del alcalde y sus asesores.
Cuando llegaron los zapatos, comenzaron a bajarlos de una camioneta en cincuenta cajas que dispusieron en orden sobre un escenario en medio de la plaza. La multitud esperaba en correcto silencio. Los medios de comunicación también quisieron registrar el acontecimiento; sin embargo, por primera vez, Irma María Eliana Laura estaba triste, ya que todo el mundo se enteraría de algo tan íntimo como vivir en la pobreza a costa de su condición. Ya era suficiente castigo contar con cincuenta pares de piernas, para que, además, tuviera que soportar el asedio de la prensa y los paparazzi.
Cien zapatos cada tres o cuatro meses, a costa de caminar todos los días por no entrar en un automóvil, era una realidad triste y dolorosa, difícil de abordar por una diseñadora recién egresada cuyos padres le habían robado lo que ella misma, o su naturaleza, había contribuido a recaudar.
Como fuera, ese día fue un día triste para la señorita Dorochessini Altamirano. Cabeza gacha, casi no escuchó las alocuciones alcaldicias, que aprovechaban la ceremonia preeleccionaria desvergonzadamente, así es que sólo atinó a levantarse, tomar la pluma y acercarse al documento oficial de entrega, donde firmó con sus iniciales I.M.E.L.D.A. y salió corriendo.

FIN

miércoles, 26 de marzo de 2008

Ojitos de gato






W. B. U.

Ella lo presintió en cuanto se supo reflejada en la retina de esos verdes ojos felinos. Él, ya había escogido a la que sería su deliciosa presa, esa noche. Ella estaba apoyada contra un mueble de arrimo junto a la puerta, mirando al resto de los invitados. Él, apoyaba sólo un codo contra el borde de una chimenea ociosa. En medio de la fiesta, él no le había sacado los ojos de encima y a ella le excitaba pensar que la había desnudado arrebatadamente con la mirada.

Ella sabía que esa noche sería diferente, que algo importante pasaría en su rutinaria vida. Sabía que algo, impensado y loco, arrebataría su tranquilidad y sosiego desde que lo vio. Él, sabía que su presa no se resistiría. Era una noche más de depredación.

Ella no estaba con un hombre desde hacía unos tres meses y él, la tenía verdaderamente embobada desde hacía rato.

“Es que esos ojitos de gato, me obligaban a mirarlo”, pretendería argumentar posteriormente, como buscando una salida impune, por si su carne fuera débil y cediera a esos encantos felinos. Él, no había argumentado nada, sólo se había movido como impulsado por una fiebre, sacudiendo su pelvis con espasmos verdaderamente crueles, sin dejar de mirarla, hacía poco menos de cuatro minutos. Era evidente, él había bailado para ella.

En un momento en que la música pasó del rock al soul, y la luz ambiente bajó aún más su intensidad, él comenzó a acercarse entre la multitud, atravesando el ancho living con un breve zigzag para sortear algunos muebles e invitados. Ella había comenzado a jadear. Él, había recogido a la pasada y con dos zarpazos criminalmente certeros, dos tragos de Martini con sendas aceitunas verdes, las cuales yacían encalladas en la profundidad de los vasos, heridas de muerte por las estocadas de dos mondadientes.

Ella se mojó lentamente los labios con la punta de una lengua roja de deseo y trató de controlar su loco corazón que le desbordaba, impúdico, en el centro del pecho. Él se acercaba con un movimiento sinuoso, sin dejar de mirarla. Ella pensaba que en cualquier momento su corazón le saltaría, a través del generoso escote que se movía arrebatadamente al compás de una respiración loca.

Él era un felino en toda la extensión de la palabra, y le hacía honor a este mote; tanto, que actuó como un leopardo cuando se acercó ronroneándole en la oreja, a modo de saludo, y le arrimó la copa; tanto, que actuó como una pantera cuando una de sus manos se escabulló, sigilosa y bajó por la escotada espalda, rozando levemente sus nalgas; tanto, como un tigre que deslizó su zarpa por entre los pliegues de la cartera que tenía colgada del hombro; tanto, que actuó como un gato montés, huyendo luego, después de un beso, por la puerta, hacia las sombras del jardín, con la billetera en su poder…


FIN

jueves, 20 de marzo de 2008

Alegre y Vivo




W. B. U.



En verdad, Pablo se sorprendió con el fuerte pitazo que taladró el vacío y el silencio en medio del campo oscuro. Al girar la cabeza a la derecha, vio como se aproximaba velozmente el tren y no necesitó intuir nada, porque la adrenalina ya comenzaba a mover cada una de las fibras de su cuerpo. Entonces giró desesperadamente la llave del vehículo pero éste no respondió. Supo de inmediato que no tendría tiempo de soltar su cinturón de seguridad, de abrir la puerta, ni saltar. Entonces sólo atinó a cerrar los ojos y a encomendarse a Dios, pidiendo en un segundo, como nunca había pedido antes, que lo salvara.
En la breve eternidad que pareció un instante congelado, el tren destrozó su auto, le fracturó algunas costillas y le cortó una pierna. Entonces, cuando ya todo acabó; cuando el traqueteo del metalero se perdía sobre los rieles que jugaban paralelos a dibujar una curva; cuando el tren fue devolviendo el silencio arrebatado, como pudo, mientras llegaba la ambulancia, Pablo se sentó y levantó sus dos puños al cielo, victorioso, agradeciendo a Dios, feliz por no haber muerto.


FIN

lunes, 10 de marzo de 2008

El Ejecutivo









W. B. U.




Después de un largo período de tensión vivido en la reunión de directorio, Javier, el exigente e implacable gerente general de la división de telecomunicaciones, decidió subir a la azotea del edificio corporativo. Sabía que allí la vista era imponente y la brisa podía darle de lleno en su rostro entrenado para no expresar la más mínima muestra de duda. Acostumbraba a refugiarse allí para aclarar sus ideas.

Ya no importaba la humillación sufrida minutos atrás, ni el sabor del fracaso experimentado y exhibido, sin compasión, por las frías cifras que proyectó, sobre el telón, el abogado de la junta contralora.

Nada importaba. Mucho menos ahora que estaba experimentando el sabor salobre de la brisa que le acariciaba el rostro y que, a borbotones, pretendía ingresar por sus fosas nasales y boca abierta que comenzaba a proferir una esquizofrénica carcajada. Javier sólo sabía que debía disfrutar la felicidad de esa brisa tan sólo durante una pequeña fracción de segundos, porque el pavimento se acercaba a una velocidad vertiginosa.


FIN

miércoles, 6 de febrero de 2008

Más mujer



W. B. U.


Todo se solucionó para mi amiga cuando comenzó a mirarlas bien. A decir verdad, aquellas raquíticas que se paseaban por la pasarela se veían macilentas, a pesar del exceso de maquillaje y el efecto estratégico de las luces.
Se dio cuenta que no eran para nada comparables los 125 ml. de yogurt que consumían con bastante agua mineral a su plato de pastas servido siempre con abundante salsa de tomates con champiñones.
Entonces mi amiga y sus amigas se atrevieron a mirarse con desparpajo ante el espejo y decidieron comenzar a caminar por la vida, sintiéndose liberadas de la culpa que les habían obligado a sentir.
Cada una de ellas comenzó a caminar con mayor seguridad, bamboleando cada centímetro de su cuerpo y sintiéndose mucho más mujer.

FIN

viernes, 1 de febrero de 2008

El teléfono




W. B. U.


Ella era especial. Ella era tan especial que nadie podía hacer sonar, como una campanilla, la taza de porcelana en la que, por las tardes, endulzaba su té con una antigua cuchara de plata.
Ella era especial. Ahora lo sabía y estaba molesto por ello. Tuvo que pasar todo este tiempo, para que me diera cuenta de que, en verdad, la amaba. Sí, porque la amaba verdaderamente, tanto como para guardarme mis vergüenzas, tomar el teléfono y llamarla para ofrecerle disculpas, y jurarle que esta vez todo iba a cambiar.
Es que lo había descubierto. Por fin lo había descubierto. Por fin me había dado cuenta lo que era quererla por lo que ella era, con la misma decisión con la que ella me quería. Ahora había encontrado la valentía, ahora le diría quien yo quería ser, junto a ella. Ahora había encontrado el valor.
Sí, este es el momento, porque son cerca de las cinco, es tarde y hace un poco de frío. De seguro está en el ventanal, mirando hacia la avenida, a la poveda sombría y revolviendo su taza de té. Haciéndola sonar como campanita, como nadie sabe hacerlo, y ahora tengo el valor, por eso es que tomo con decisión el auricular, marco el número lentamente y me decido a esperar.
Sin embargo, me entristezco, como el día que se nubla junto a mí, porque han pasado ya cinco minutos y el teléfono no deja de sonar ocupado…

FIN

miércoles, 2 de enero de 2008

Atrapada





W. B. U.


Ella quiere escapar, pero no puede...

El recuerdo es un depredador poderoso.


FIN

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Rumbo al trabajo







W. B. U.
(basado en una idea de Laura Hidalgo)


Suena el despertador a las 7 de la mañana. Hago un ligero amago de levantarme, pero retraso la alarma, lo que suponen diez minutos más de tregua. No alcanzo a conciliar el nuevo sueño cuando vuelve a sonar el dichoso aparato. Entonces, después de estirarme, enciendo la radio como todas las mañanas. Comienza a sonar “Beast of burden” de los Rollings, lo cual me dibuja, casi por encanto una sonrisa en la cara, ya que pienso que soy una bestia de carga que comienza a ser azotada por otro día más de trabajo. Apuro todo lo que dura la canción metidita en la cama para atesorar ese calorcito que acaricia, comparado con el frío reinante afuera.

Comienzo, entonces, a soñar contigo y con nuestro próximo viaje. Qué ganas tengo de hacer ya de copiloto y de tener contigo largas conversaciones de coche, aunque sé que toda conversación terminará en tus impertinentes preguntas acerca de mi pasado. ¡Ja!, te esfuerzas en disimular las preguntas, en ocultarlas muy bien, intentando sonar lo más casual posible, pero al final es lo mismo. Preguntas todo de mi pasado, que cómo fue esto o aquello y yo sé que te pararé en seco la impertinencia, obligándote a amarme como soy. Y te ruborizarás por ser tan inseguro, mirarás fijo hacia adelante en la carretera, hacia ese imperceptible agujero negro que atrapa las líneas paralelas de los bordes del asfalto para engullirlos tranquilamente y comenzarás a conducir un vergonzoso silencio.

Al final, sé que todo el viaje se hará más llevadero según la selección musical que pueda hacer, porque iremos chasqueando los dedos, tarareando o cantando supuestamente felices y entonces pienso… ¡qué cojonuda es la música!

Corro la ropa de cama, pongo los pies en el suelo y doy más volumen al equipo musical. Hago el pis mañanero con la puerta del cuarto de baño completamente abierta, porque sé que estoy sola. Entonces suelto mi sonoro estómago con total desparpajo porque sé que estoy completamente sola.

Me lavo las manos y me preparo el desayuno. El café instantáneo sabe de mil maravillas. La crema con vainilla le da ese sabor y aroma que me transporta a la casa de mis abuelos cuando era una rubiecita de bucles con apenas seis años y el café estaba vedado para mí. Entonces siento que algo se activa adentro y que ya soy un poco más persona. Me ducho con agua caliente primero, y, a pesar del frío reinante, con un golpe de agua helada, al final. ¡Ja!, más persona aún. Me visto. Me maquillo bien, porque ya sabemos que una es muy coqueta y quedo preparada, lista, totalmente lista para enfrentar un nuevo día, con mis blue jeans gastados y mis zapatillas tenis estropeadas. Me calzo la gruesa bufanda tejida con fiel cariño maternal. Cuelgo mi laptop en el hombro derecho, doy una última mirada al departamento, para guardar el orden en mis retinas, para cerciorarme que todo quedó organizado como debe ser y pienso en la oficina y en los diseños publicitarios que debo terminar hoy. Entonces abro la puerta y me dispongo a bajar.

-Buenos días, Laura-, me saludan. Respondo como una autómata y pienso que la metamorfosis se está completando rápidamente, poco a poco me estoy convirtiendo en la persona que soy todos los días. Ese ser social que regala sonrisas, dispuesto a ofrendar su cuota de civilidad para que el grupo humano, la sociedad completa, funcione. Ahora, cuando cierro con doble llave la puerta, ya tengo identidad. Pienso en lo increíble que resulta que la identidad sea una ilusión que te proveen los demás, que te otorgan los otros cuando te señalan. Vivo todo el día conmigo misma, intentando ser mi cómplice y, al final, la identidad me la proveen aquellos que me llaman, los que me odian o los que me aman. Nunca, con toda seguridad los que me ignoran, que para ellos no existo.

Llego a la calle y saludo a pocos... ¡La ciudad es tan grande! La ciudad es tan grande y sus calles cubiertas por pavimentos me impiden echar raíces. Es tan inmensamente grande la capital comparada con el pequeño pueblo en el que mis memorias encuentran siempre un descanso con sabor a abuelos y a vida campestre, amparada del frío gracias al calor del leño ardiente.

Ya en el Metro de Madrid siento como todo zumba, todo es una gran y desordenada carrera, los carros del tren subterráneo vuelan un derrotero oscuro, claustrofóbico y agobiante, y la vida anónima de los pasajeros y la mía propia, se extravía, se pierde como un aceite rancio, que cae gota a gota, en una vorágine sin identidad. Donde miro veo a gente sudorosa con cara de mala hostia a raudales. Entonces, siento que necesito urgentemente mi droga. Calzo en mis oídos los audífonos conectados a mi MP3. Aprieto play..., suena Editors..., cierro literalmente los ojos, mientras todo mi cuerpo comienza a moverse al ritmo de "Open Up"..., curiosamente me emociono... ¡Que voz tiene este cabrón!, pienso.
La música…, qué maravillosa droga, ahora sí que soy persona..., ahora si que soy...., …¡A trabajar..!

FIN

viernes, 14 de diciembre de 2007

Desnudo frente al mar




W. B. U.

Bajé sin apurar mis pasos por la larga escalera que se fundía con la irregular topografía del terreno. La superficie semi amarillenta del campo evidenciaba el rigor del sol, cayendo pesadamente y por largas horas, sobre la dura hierba. Cada cierto tramo algunas pequeñas flores impertinentes, intentaban irisar la rutinaria coloración siena de un prado costero acostumbrado a las inclemencias del clima, y en ellas, los pocos insectos realizaban su actividad con deleite y fruición, como apostando que en ello se les iba la vida entera.
A los pocos peldaños, me detuve y miré hacia la clara y curva amplitud del océano, llené mis pulmones con el aire salino y tibio de la tarde, y mis oídos fueron golpeados por una alharaca congregación de gaviotas, chorlitos y playeros blancos que revoloteaban encima de mi cabeza. La estucada superficie de la playa, allá abajo, reflejaba un brillo grisáceo sobre el cual se recortó, claramente, la amplia envergadura de un pelícano que, sin agitar sus alas, era capaz de avanzar por el largo trecho del litoral.
Allí abajo estaba la arena, pintada de variados colores por los distintos modelos de quitasoles y toallas, y por las tonalidades de distintos bronceados que ofrecían los cuerpos desnudos de una cincuentena de personas.
¿Me atrevería a desnudarme, respondiendo a la invitación que me hizo una colega de trabajo? “Yo iré con mi marido y mis dos hijas”, señaló, ampliando así la invitación que me hacía, a mi esposa e hijo. Sin embargo, allí estaba yo, solo, mientras mi esposa e hijo se había quedado en casa, esperando mi regreso y los comentarios de esta experiencia tan loca que había decidido tener.
Me sentía como aturdido, no por la maravillosa limpieza del paisaje, sino por la experiencia que estaba a punto de tener. ¿Sería capaz de desnudarme?
Empujado quizás por el simple hecho de estar ya allí, o por el hecho de que la distancia que ya había recorrido desde el estacionamiento a la escalera, era más larga que lo que me restaba por acceder a la playa, seguí bajando, sin apuro, mientras me asaltaban una serie de miedos. ¿Y si al mirar a una mujer se me produce una erección?, ¿Y si no puedo controlar el rubor en mis mejillas?, ¿Y si alguien, mujer u hombre, se me acerca demasiado a conversar, cómo tendré que comportarme?, ¿Y si los hombres tienen penes más grandes que el mío?
Imbuido en estos pensamientos, no me di cuenta cuando mis pies tocaron la irregular superficie de la arena.
Debía caminar unos 200 metros hacia el norte, pero ¿sería ese un buen momento para abortar todo y caminar hacia el otro lado? No, definitivamente no estaría tranquilo conmigo mismo. De pronto se me cruzó un pensamiento un tanto tranquilizador. ¿Qué tal si mi colega de trabajo no pudo venir y solamente hay gente que nunca he visto antes? En el peor de los casos, podría retirarme de la playa estando seguro de que no volvería a ver jamás a estas personas.
Comencé a avanzar hacia Playa Luna y comencé a sentir un mayor riesgo, cuando la difusa imagen de cuerpos desnudos tendidos en la arena, comenzaron a dibujarse con mayor detalle en mi retina, a cada paso que daba.
De pronto, adivinando que había gritado mi nombre, porque la persistente brisa y el alborotado graznar de las aves impedían escuchar, salvo a un interlocutor cercano, vi que mi colega, completamente desnuda me saludaba a lo lejos, moviendo sus brazos, se levantaba del lado de su marido y acompañada por sus dos hijitas, comenzaba a caminar a mi encuentro cubriéndose, sólo del sol, con un sombrero de ala amplia, tejido en fibra de arroz.
Asegurado por la distancia, que me ofrecía una cobarde impunidad, cuando aún nos separaban unos 30 metros, apuré una mirada a sus pechos y a sus vellos púbicos que, obviamente, nunca había visto antes, a pesar de los tres años de relación laboral que teníamos, coincidiendo en la misma oficina.
Ella soltó la mano de su hija, abrió ampliamente sus brazos y su sonrisa y me dio un abrazo apretado:

-Qué rico que viniste- me dijo Sonja, mientras yo, todo turbado no me atrevía a mirar su desnudez, sintiéndome observado y evaluado por su marido, y no me atreví a abrazarla por temor a rozar su piel.

-Saluden al tío- les dijo a sus hijas, y las chiquitas con una naturalidad angelical, se acercaron para que nos diéramos un beso; yo les ofrecí mi mejilla, sin embargo, la más pequeña, de unos cuatro años, me besó en los labios, acostumbrada a besar así a su padre y sin quererlo me provocó una mayor desorientación.

Adivinando mi turbación, Sonja me tomó del brazo y me dirigió al lugar que estaban ocupando en la playa. En el corto trecho, habló de la temperatura y de la brisa, de cosas que evidentemente no requerían de una respuesta. Pocos metros antes de llegar a la toalla, se dirigió a su marido, que leía un libro, anunciándole mi evidente arribo. Éste se volteó balanceando descuidadamente su pene que sentí como una agresión y que calculé era más grande que el mío, mientras él, me ofrecía una generosa sonrisa y me daba la bienvenida, mirándome a los ojos.

Advertida mi turbación, Sonja avisó que iba con sus hijas a bañarse, quedándome sólo con el marido, quien con su mano derecha, sacudía distraído algo de arena de sus genitales, mientras me preguntaba si era la primera vez que acudía a Playa Luna. Él se acostó de espalda clavando los codos en la arena para poder mirar permanentemente a sus hijas y esposa, en el borde del mar. Su vigilante actitud de varón protector, me dio la posibilidad de mirarle nuevamente el pene para compararlo con el mío. En realidad, no era mucho más grande o tal vez sería del mismo tamaño.
Concentrado en estas críticas comparaciones que aseguraban mi virilidad, no me di cuenta cuando una joven mujer se nos acercó, quedando su vulva de abundante vellosidad a la altura de mis ojos, saludó al esposo de mi colega y le pidió fuego. Yo intentaba desviar la mirada.
Mi eventual compañero no fumaba, por lo que ella se dirigió a mí:

-¿Y tú, tienes fósforos o encendedor?, dijo mientras me enseñaba su cigarrillo.

Estaba muy complicado, porque tenía mi mirada clavada en la arena y sabía que para responderle adecuadamente, debía levantar mi vista pasando por su vulva y luego por sus pechos, hasta llegar a sus ojos. Afortunadamente, el sol en contra provocó que instintivamente entrecerrara mis ojos y, cubriéndome la frente con mi mano izquierda a modo de visera, evité ver lo que me sentía incómodo de ver. En ese tiempo fumaba, por lo que, con un poco de esfuerzo, oculté el temblor de mis manos, mientras buscaba un encendedor en mis bolsillos.
Ella se agachó sujetándose el pelo y poniendo su cigarro a la altura del encendedor, mientras sus pechos le colgaban libremente, dejándose vencer por la gravedad. Después de pegar dos o tres fuertes chupadas, de las que salieron bocanadas de humo, me preguntó, todavía agachada:

-¿Eres textil?.

Al esposo de mi colega la impertinente pregunta le dibujó una sonrisa en el semblante, mientras yo creo que ponía mi mejor cara de estúpido.

-“Textiles son los que acuden a la playa vestidos y que se meten al mar o toman el sol con traje de baño”, me explicó, entendiendo que estaba nuevamente frente al dilema de tener que desnudarme.

Mi pregunta era persistente y una sola: ¿Sería capaz de hacerlo?

-“Si no lo haces, nadie te van a decir nada, pero si miras bien, eres el único que está vestido y te pueden empezar a mirar como bicho raro”, continuó mi interlocutor.

Sacarme la camisa fue fácil. Comencé a doblarla exageradamente y la guardé en mi bolso, con una delicadeza y cuidado que nunca antes había tenido. Luego me saqué las zapatillas y los calcetines, los que también guardé con preocupación. Para darme un poco de fuerzas, respiré profundo y bajé el cierre de mi blue jeans y me aprestaba a sacarme los pantalones cuando Sonja llegó riendo con sus hijas y salpicándonos un poco de agua.

-“Mehh, todavía no te sacas la ropa”- me dijo despreocupadamente, mientras ordenaba las toallas a sus hijas y para ella misma, dejándose caer de espalda, tan larga como era y totalmente desnuda, a escasos 30 centímetros de donde yo estaba. “Ahh, esto es vida. Está rica el agua…”, fue su ultimo comentario, antes de terminar de sacudir su pelo, cerrar sus ojos y entregarse a los rayos del sol.

-“¡Bien, ahora me toca a mí!”-, dijo el marido y salió llevando su desnudez hacia la espuma, coordinando su carrera con las olas, para ingresar con un clavado, justo en la base de una ola que se había desatado para reventar en la arena.

Me sentía verdaderamente extraño. Comencé, entonces, a mirar el cuerpo desnudo de Sonja, en medio de la playa, mientras las gaviotas revoloteaban arriba de nuestras cabezas. Entonces vi el rigor de dos embarazos. Sus estrías eran como condecoraciones de ello, al igual que la cicatriz cruzada, semi oculta por sus vellos púbicos y bajo un pequeño bulto de grasa por debajo de su ombligo.
Cuando miré sus pezones me di cuenta que del borde de sus areolas salían algunos vellos castaños. Estaba preocupado de sacar el hilo suelto de una costura en mi pantalón, cuando mi colega, sin abrir los ojos me dijo:

-“Es más fácil desvestirse de una vez y ya”-, se le dibujó una leve sonrisa en los labios, una sonrisa que había sido controlada por el respeto que me tenía. Ella era capaz de respetar mis propios miedos. Después de ello, se dio vuelta, con una mano hizo dos cavidades en la arena donde depositó sus pechos y continuó tomando sol, despreocupada. A lo lejos, su marido conversaba con otras personas en medio de un grupo, todos desnudos, entre las cuales habían desde ancianos hasta niños pequeños.

“Desvestirse de una vez y ya”, me rondaban esas palabras. Recorrí mi entorno con la vista y observé que algunos me miraban, sentí que hablaban de mí, así es que lo hice, me saqué el pantalón con la ropa interior incluida “de una vez”. En ese momento, Sonja se incorporó y cubrió los cuerpos de sus hijitas con bloqueador solar y además movió dos quitasoles para protegerlas. “Niñas, quédense aquí hasta que vuelva”, les aconsejó.

Entonces se incorporó y me extendió su mano:

-¿Vamos a caminar un rato?-, me dijo, y yo sentí que algo se atoraba en mi garganta. Me tomó la mano y no pude negarme. En breves minutos comencé a sentir cómo la brisa marina recorría cada centímetro de mi cuerpo.

-“¿Más tranquilo?”-, preguntó Sonja.

-“Un poquito”-, respondí.

-“El cuerpo desnudo no tiene nada que ver con el sexo”-, sentenció mi colega.

Tres horas después, ya había caminado desnudo a lo largo de la playa en varias oportunidades, no había experimentado ninguna temida erección, me había sentido conectado con la naturaleza, pequeño como una célula en este maravilloso universo que se llama Playa Luna. Hasta había cruzado miradas con otras personas, saludándolas con un leve movimiento de la cabeza. Creo que alcancé a intercambiar tres o cuatro palabras con un joven veinteañero, hasta que de pronto me di cuenta que estaba rodeado de cuerpos, potos, piernas, penes, abdómenes, tetas, brazos, manos, pero me di cuenta también que a Sonja y a su esposo, así como a sus pequeñas hijas, desde hacía un buen rato, les venía mirando a los ojos.
Hasta hoy agradezco a Sonja su invitación. Hasta hoy, que frecuento Playa Luna con mi familia, porque aprendí a desnudarme de mis miedos y de la creencia de que el cuerpo tiene que ver exclusivamente con el sexo. Aprendí a desnudarme de aquellas inhibiciones que me enseñaron a tener desde la más tierna infancia.
Aprendí a desnudar mis prejuicios y entendí que el estar desnudo sólo molesta a quien acostumbra a escrutar al prójimo.

Sí, verdaderamente me había logrado desvestir. Estuve totalmente desnudo frente al mar.



FIN

viernes, 7 de diciembre de 2007

En el baño



W. B. U.

Fui levantando lentamente mi cabeza, mientras un murmullo monocorde me aseguraba que afuera la gente pasaba raudamente, dándose de empellones y llevando a cuestas, en todas direcciones, sus vidas y esperanzas. Mis tímidas pupilas demoraron en mirarlo a los ojos, pero cuando finalmente lo hice, vi en ellos la frialdad de una decisión inquebrantable, una decisión ya tomada, de aquellas que uno piensa que comprometen todo el libre albedrío. Pasado, presente y futuro, fundidos en una sola decisión.
Como muchas veces me había pasado, nuevamente estaba en el lugar equivocado y en el momento inoportuno. Otras veces había sabido sacarle el cuerpo a más de algún problema, pero esta vez detrás de él, por sobre su hombro derecho podía ver yo la puerta del baño y, en esta ocasión, sólo me quedaba enfrentar mi suerte. Esta vez estaba en una incómoda situación y no podría hacerle una verónica, una finta al destino.
Se cumplían las últimas semanas del año y me encontraba en el baño de la Facultad de Ciencias Económicas de la universidad. En el lugar, permanentemente hay un entrar y un salir de jóvenes estudiantes. Sin embargo, como por una sentenciosa decisión del destino, esta vez no entraría nadie más. El fatal hado de mi vida ya había lanzado mis dados y me tocaba esperar el desenlace de los hechos.
Nunca pensé que el suicidio de un hombre sería una forma de terminar con sus preocupaciones y sus problemas, si es que fuera una forma válida. Nunca pensé tampoco que tendría que presenciar algo tan escalofriante como ver a un tipo que se va a levantar la tapa de los sesos; pero allí estaba yo, sólo en un frío baño y mirándolo a él, que ya tenía el revólver apoyado en la sien izquierda. Detrás de él se veía la puerta que ansiaba. Ese dintel marcaba el límite exacto entre la anécdota más conmovedora de mi vida y la tranquilidad de mi anónima existencia. Pero era un límite al cual no podía acceder. Era un balcón inaccesible, una puerta tapiada. Mis manos comenzaron a transpirar y mi ritmo cardiaco se aceleró a mil. Un grito se atoró en mi garganta y permaneció allí, quitándome el aliento hasta provocarme una angustia enorme. Me miró con unos ojos sombríos que ya no decían nada. Eran dos esferas de acero bruñido y helado. Dos esferas que ya habían olvidado la forma de llorar. Detrás del cristal oscuro de sus pupilas sólo se adivinaba un profundo abismo de miedos y fracasos.
El silencio eterno y también profundo de aquel baño, era interrumpido por el monótono goteo de una llave, cuyos minúsculos ecos rebotaban en las paredes de cerámica. El macabro espacio era sacudido por la intermitencia algo enfermiza del tubo fluorescente amarillento que iluminaba malamente el recinto. Una extraña mixtura de hedores a orines y humedad, mezclada con los efluvios químicos marinos de aquellas pastillas que cuelgan dentro de las tazas de los baños llegaban, como una intromisión, hasta mis pulmones hiriendo impunemente mi nariz.
Sus oscuros ojos estaban ya vacíos y ni un reflejo se vislumbraba en la oscura extensión de su mirada. La otrora brillante superficie de sus ojos mostraba una opacidad que quería anticiparse a la muerte. Al atreverme a mirarlo pensé que ya estaba muerto. Tal vez la vida ya se le había ido y jalar del gatillo, en breves segundos más, era sólo un mero trámite obligado por la fuerza del destino.
En esa universidad en la que la casualidad quiso reunirnos, durante largas mañanas veía el mismo rostro. Aunque durante mucho tiempo vi en sus ojos el brillo de la esperanza y los sueños, ahora, no había nada eso. No quedaba ni un sólo rastro de lo que pudiera llamarse un poco de amor propio. Pensé, al verlo por primera vez, con el revólver apoyado en su cabeza, que sentiría miedo, pero nada de eso ocurrió tampoco. La situación era tensa y yo nunca me había imaginado vivir una experiencia así.
Afuera, me esforzaba en imaginar, el sol debía estar cayendo de lado sobre los árboles y estar pintando miles de sombras sobre el césped.
Siempre me caractericé por ser algo tímido, quizás hasta cobarde, pero me excitó el saber que estaba deseando verlo cuando se levantara la tapa de los sesos y su vida se le fuera violentamente, como un estornudo, como un orgasmo infame, como un relámpago al cual le seguiría una noche tenebrosa y el silencio. Pensé que tal vez sería prudente retroceder, para verlo mejor. Él también retrocedió.
Me desconocía. Nunca antes había sentido ese gustillo morboso que ahora me excitaba. Quizás mi madre sentiría vergüenza de los sentimientos y aún deseos de su hijo, que tenía por fama el haber sido siempre tan empático. Pero ya hacía mucho tiempo que había abandonado el calor y la seguridad del hogar y las cosas inevitablemente cambian. Las cosas cambian, así como los sueños, y sin pensarlo, estaba yo en una tribuna privilegiada, solo en un baño, presenciando el suicidio de un hombre. Nadie tendría que contármelo, lo iba a presenciar. Ya no sería el segundón que siempre fui y que siempre estuvo lejos de lo verdaderamente importante, de lo realmente significativo. Ahora nadie me tendría que decir cómo era un suicidio y tal vez esta experiencia extrema sería un reiterado tema de conversación en el que por fin estaría en el centro de la preocupación de los demás.
La cabeza, sin embargo, estaba a punto de estallarme. Cada latido de mi corazón retumbaba en mi cabeza, hacían sacudir mis sienes. Parecía que el corazón se me escapaba del pecho cuando comencé a verlo como apretaba lentamente el gatillo de su revólver. En esos momentos, la suerte de toda una vida dependía de la fuerza de un solo dedo. Su respirar era cansado, abandonado al delirio de la entrega, porque eso hacía, se estaba entregando cual mártir de su propia ignominia, porque a pesar de sus relativos éxitos el saldo final de su vida era considerado un fracaso. Yo no quería gritarle que se detuviera. Tampoco tuve la valentía de lanzarme sobre él y arrebatarle el arma. El martillo se iba lentamente hacia atrás mientras la nuez comenzaba a girar. Mis ojos se fijaron en el reluciente reflejo del metal, el cuadro que veía estaba lleno del metal negro del arma. Yo intentaba adivinar cuando se desencadenaría todo, intentaba precisar el momento exacto en que el martillo del revólver dejaría de abrirse para comenzar su violenta liberación hacia delante, hacia el fulminante de la bala que esperaba con paciencia de bronce en la recámara…

El detective que realizó el peritaje también sacó muestras de la sangre que había salpicado el espejo del solitario baño.

FIN