miércoles, 2 de julio de 2008

Sin apuros




W. B. U.


He cambiado, ya no soy el mismo.
He muerto y he resucitado para ti.
Por eso hoy me gustaría amarte tiernamente
sin apuros,
rasgarte la piel con el pétalo de una rosa
como una lesbiana, que explora lento,
sin ansiedades,
para así sentir, por primera vez,
la esencia final de tu aroma,
que debe oler a madera dura y noble.

Déjame amarte de otra forma,
vaciémonos de obligaciones,
ansío amarte descontroladamente,
que sea lo que sea,
que nada sea una obligación,
qué más da...
quiero sentirme niño contigo,
jugar contigo,
permíteme finalmente hacer mío
este afán de caricias y silencios.

Dejemos a un lado la obligación del orgasmo,
y el patético deber de la reciprocidad
que lo enturbia y lo daña todo.
Superemos los límites ciegos,
los imperativos sordos,
entrampémonos en el devenir del placer,
porque hoy mi pene no será el dios
que debe ser adorado.
Quiero pensar en ti, un poco más en ti, sólo en ti.

Así es que mírame con otros ojos,
tócame con otras manos,
acostúmbrate a mis nuevos ritmos,
acostúmbrate a que los días serán largos,
a que te amaré lentamente,
sin urgencias.

domingo, 29 de junio de 2008

La Gaviota




W. B. U.

Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo.

Chapoteaba un pesquero a un kilómetro de la costa y mientras la Bandada de la Comida se dejaba caer desordenadamente, en tropel en torno al pequeño barco, alejado y solitario, más allá del muelle y las playas, se encontraba Juan Salvador.

Momentos antes había caído, después de intentar detenerse en pleno vuelo a treinta metros de altura. Magullado y sucio, comprendió dolorosamente que dedicarse a comer y cumplir con el rol establecido naturalmente, es menos riesgoso y más cómodo que intentar ser diferente a los demás. Después de ello, expiró.


FIN



Con el 10 en la espalda





W. B. U.

Carlitos tiene apenas 5 años. Llega corriendo al Jardín de Infantes, sacudiendo de lado a lado su mochila. Es que está lloviendo torrencialmente. Es uno de los pocos alumnos que llega a clases ese día, en que el cielo se cae a pedazos, porque es un invierno como pocos. Abre con la misma alegría de siempre su mochila, a pesar del frío, y saca su cotona porque hoy toca Artes Plásticas. También muestra su colación, consistente en un jugo y una manzana. Pero con tanta manipulación, asoma la camiseta de un club de fútbol, con el número 10 en la espalda. Mira sonrojado a la profesora y se decide a explicar, con una gran sonrisa que le ilumina el rostro de inocencia.

-¡Es por si sale el sol!

FIN

lunes, 9 de junio de 2008

Cien zapatos de moda




W. B. U.

Verdaderamente su padre había cometido un exceso cuando la bautizó, en la pequeña Capilla de la Inmaculada Concepción de Móstoles, como Irma María Eliana Laura. La usanza de la época aconsejaba solamente dos nombres, por lo que la cuestión se volvía claramente descomunal si se considera que sus apellidos eran, además, Dorochessini, por parte de padre, y Altamirano, por la parte materna.
En lo práctico, todo formulario, guía de ingreso, libro de registro o cédula de inscripción quedaban superados por la cantidad de letras que tenía el nombre completo, y esta incomodidad la vivió desde sus primeros días la pequeña, ya que a las pocas horas de nacer, comenzaron a notarse en sus caderas algunos nódulos que crecían lentamente por lo que se vio obligada a permanentes visitas a hospitales y consultorios.
La madre, responsable y asustada, la llevó a la consulta del médico para que observase esos extraños crecimientos y la respuesta prudente del facultativo fue que debían realizarse algunos exámenes, pero esto no fue necesario, pues la velocidad de crecimiento de esas protuberancias permitió observar claramente que se trataba de varios pares de piernas que se le estaban desarrollando a la niña. Piernas humanas, con sus correspondientes pies, tobillos y dedos, todas completamente formadas.
La situación incomodó un breve período de tiempo a los padres, sin embargo, la impresión cambió cuando la niña, con sólo cuatro meses pudo adoptar la vertical, gracias a los nueve pares de piernas que ya le habían crecido. Era una delicia verla caminar a una edad en que todos sus pares aún no levantaban sus cabecitas de la almohada en que los dejaban acostados.
La historia apareció rápidamente en los noticiarios de la TV, en las portadas de diarios y en cuanta revista de farándula y científicas existían. Las entrevistas que brindaban los padres le producían cuantiosas ganancias a la familia, razón por la cual en ningún momento los progenitores pensaron en operar a la criatura para quitarle las dieciséis piernas que le sobraban, ni tampoco para hacerle ver las nuevas protuberancias que venían creciéndole.
No obstante lo anormal de su desarrollo corporal, la niña comenzó a sacarle provecho a la situación y así destacó, durante su vida escolar, como una rápida atleta fondista, ya que podía correr apoyada en varios pares de pies a la vez y luego utilizar alternativamente algunas piernas mientras hacía descansar las otras.
El ingreso al Instituto de Educación Técnico Profesional, donde comenzó la carrera de Diseñadora de Vestuario y Estética Ambiental la sorprendió con cincuenta pares de piernas que surgían de sus caderas. Mientras tanto, sus padres habían desaparecido con el dinero recaudado producto de entrevistas y presentaciones en programas de televisión. De cuando en cuando, llegaba a casa una postal desde algún lugar turístico, como las pirámides de Egipto o el Partenón de Atenas.
Como la creación de un pantalón que le calzara, habría resultado un desafío inabordable para cualquier modista, incluso para Irma María Eliana Laura Dorochessini Altamirano, recurría a utilizar amplias faldas de todo tipo de telas, las que combinaba hábilmente con su centenar de calcetines y zapatos, de los más variados diseños, formas, tamaños y colores.
Con 23 años salió al mundo para buscar trabajo, consiguiéndolo en una industria textil, en la que debía elaborar los más variados diseños de ropa. Sus obligaciones laborales también la hacían revisar cientos de revistas de modas y compartir en desfiles, presentaciones, showrooms, open days y cuanta actividad se organizara en el mundo de la moda. En aquellas oportunidades, gustaba de comer algunas galletas y colitas de camarones con mostaza, única salsa que le resultaba realmente deliciosa mientras despachaba, con graciosa agilidad y diplomacia, a decenas de impertinentes periodistas y gente que pretendía escalar posiciones en la grada social a costa de su cercanía.
Llena de patas, no entraba en taxis ni buses, por lo que siempre se la veía caminar con presteza por los parques y bandejones centrales de avenidas transitadas, tanto sea rumbo al trabajo como de regreso a su hogar. A pesar de todo, ella era inmensamente feliz, sobre todo a la hora de comprar zapatos, cuestión que le provocaba un placer inmenso. Si a veces quedaba absorta con las líneas, cortes y costuras de los zapatos que observaba en revistas y escaparates, en otras ocasiones ella cerraba sus ojos y deslizaba sus dedos por las líneas sinuosas de los zapatos e imaginaba a los zapateros en el momento en que los cosían. Ese era un momento realmente íntimo, de contacto inusual. No era el simple acto de ver, elegir y cancelar por un par de zapatos. No, era un momento mágico de contacto entre maestro y usuaria. Ella sentía en cada una de las puntadas, en el corte de la suela, en el recogimiento de la capellada, el laborioso cariño del maestro zapatero y cumplía, entonces, con calzárselos con una fidelidad que nadie comprendería. Así lo hacía con cada uno de sus cincuenta pares de zapatos, los que se veía obligada a calzar con dificultad, porque entre todas las piernas debía buscar un pie derecho, para calzar el primer zapato y, a continuación, un pie izquierdo para calzar el otro.
Sin embargo, a pesar de la sonrisa fácil, de la alegría entregada con cariño, trascendió rápidamente que Irma María Eliana Laura estaba demasiado delgada porque debía dejar de comer para poder adquirir los zapatos que necesitaba. Inmediatamente se organizó una cruzada solidaria en la pequeña municipalidad de Móstoles para adquirirle el calzado que fuese necesario, ya que la joven había sido un gran aporte al desarrollo de la industria hotelera y turística de la Provincia, al llegar de todas partes los turistas para pasearse por las calles de la ciudad, conocedores que la joven no podía subir a ningún automóvil. Todos ansiaban encontrarla pronto, a la salida de su trabajo o cercana a la calle de las zapaterías.
Así fue como una mañana hicieron en el pueblo una colecta organizada por la Alcaldía, para comprarle zapatos. La licitación fue ganada por la zapatería “Real”, que presentó la oferta más conveniente, a juicio del alcalde y sus asesores.
Cuando llegaron los zapatos, comenzaron a bajarlos de una camioneta en cincuenta cajas que dispusieron en orden sobre un escenario en medio de la plaza. La multitud esperaba en correcto silencio. Los medios de comunicación también quisieron registrar el acontecimiento; sin embargo, por primera vez, Irma María Eliana Laura estaba triste, ya que todo el mundo se enteraría de algo tan íntimo como vivir en la pobreza a costa de su condición. Ya era suficiente castigo contar con cincuenta pares de piernas, para que, además, tuviera que soportar el asedio de la prensa y los paparazzi.
Cien zapatos cada tres o cuatro meses, a costa de caminar todos los días por no entrar en un automóvil, era una realidad triste y dolorosa, difícil de abordar por una diseñadora recién egresada cuyos padres le habían robado lo que ella misma, o su naturaleza, había contribuido a recaudar.
Como fuera, ese día fue un día triste para la señorita Dorochessini Altamirano. Cabeza gacha, casi no escuchó las alocuciones alcaldicias, que aprovechaban la ceremonia preeleccionaria desvergonzadamente, así es que sólo atinó a levantarse, tomar la pluma y acercarse al documento oficial de entrega, donde firmó con sus iniciales I.M.E.L.D.A. y salió corriendo.

FIN

martes, 27 de mayo de 2008

El Escape




Gustavo venía corriendo hacía rato. Su jadeo, sin embargo, era extrañamente acompasado y no denunciaba el rigor impuesto a sus pasos, rabiosamente, durante el largo periplo que había realizado en torno al parque, minutos después que decidiera salir de su cama, donde había permanecido despierto y quieto, por espacio de cuatro horas.
Pero, a diferencia de anteriores ocasiones, no encontraba en esta actividad, la endorfínica satisfacción de otras jornadas. Entonces, se empeñaba en superar la lacerante puntada que le aguijoneaba el costado consumiendo el aire a grandes bocanadas. La satisfacción era doble: el dolor pasaba y respirar a borbotones, era la única actividad gratuita que ya le iba quedando. Pero ni siquiera tan gratuita, como era su deseo, ya que para respirar ese aire puro que ansiaba, debía costear la locomoción que lo sacaría del radio urbanizado de la ciudad.
Gustavo estaba cansado, pero no de correr, sino de sentir ese gustillo traidor que estaba sintiendo cada vez que pensaba en la sociedad que le habían heredado. Tener que pagar cada vez más dinero por el agua que bebía, era para él una bofetada hiriente. Tener que pagar tanto por leer un libro, por comer, por vivir, era un ultraje indigno para él, que quería encarnar sus ansias de libertad.
Después de unas horas de carrera, por arboledas y avenidas, no había encontrado la satisfacción buscada, por lo que regresó a su casa donde, sentada en un sillón, casi como un cuadro vivo, estaba su anciana madre arropada con un chal de lana. Al verla, parecía que el tiempo se detenía alrededor.
Gustavo entró silencioso y no contestó el trémulo y humilde saludo de su madre. Se dirigió inmediatamente al baño, donde apoyó las manos en los bordes del lavatorio para quedarse, cabeza gacha, jadeando un momento.
Cuando levantó la mirada se produjo un momento cómplice y sublime. Su imagen, otrora fiel reflejo de sus movimientos y presencia, ahora estaba ganando en autonomía y comenzaba a realizar otros gestos, extrañas muecas, libres guiños, frente a la atónita mirada de Gustavo.
De pronto, la imagen comenzó a sonreír y se hizo levemente a un lado de la posición inicial, disociado completamente de su original. La imagen levantó su mano y comenzó a llamarlo. Gustavo encontró allí el camino que había venido buscando durante tantas jornadas y como izado por una mano poderosa, que lo alejaba de todo punto de apoyo comenzó a levitar hacia el límite de cristal entre el mundo real e imaginario. La imagen reflejada, corrompiendo el orden lógico de todas las leyes ontológicas, se desvinculó de los movimientos de Gustavo y lejos de acercarse hacia la superficie del espejo, se alejó.
De pronto, Gustavo se vio dentro del espejo y su imagen lo acogió para llevarlo a la profundidad de un pasillo oscuro, desapareciendo entre sus sombras que comenzaron a engullirlo lenta y sutilmente, como un depredador con hambre acumulada y sorda.
Afuera, dos horas después, cuando ya las luces comenzaban a dibujar largas sombras sobre los prados, la anciana madre continuaba esperando que su hijo saliera del baño para compartir una tacita de té.

FIN




domingo, 11 de mayo de 2008

Nuestro cuerpos


(En honor a Oliverio Girondo,
poeta argentino nacido a la eternidad en 1967)




Nos buscamos tantas veces, en secreto,
ocultándonos de nosotros mismos,
de nuestros sentimientos…
hasta que nos encontramos en un callejón sin salida
en una trampa del destino,
sin escape.
Tú y yo coincidimos en el mismo espacio, en la misma soledad, en el mismo tiempo…
Recuerdo que tú te desnudaste presurosa
¿o fue mi mano y tu deseo que lo hicieron?
Como haya sido, recuerdo esa imagen y allí están nuestros cuerpos.
Nuestros ojos se encuentran y se miran, se presienten, se desean,
nuestras manos se acarician y se besan, se desnudan,
mi mejilla y la nariz tuya se respiran y se acuestan, se olfatean,
nuestras lenguas se penetran y se chupan, se demudan,
mi pelvis y tus muslos se adormecen, se despiertan, se iluminan,
nuestras nalgas se codician y se palpan, se fascinan,
mi piel y tus dientes se mastican y se gustan, se babean,
nuestros órganos se confunden y se acoplan, se disgregan,
tu aliento y mi jadeo se aletargan y fallecen, se reintegran,
mi pecho y tu espalda se distienden y se enarcan, se menean,
se retuercen y se estiran, se caldean,
nuestras piernas se estrangulan y se aprietan, se estremecen,
se tantean y se juntan, desfallecen,
nuestros besos se repelen y se enervan, se apetecen,
mi boca y tus pechos se acometen y se enlazan, se entrechocan,
tus dedos y mis muslos se agazapan y se apresan, se dislocan,
nuestros latidos se perforan y se incrustan, se acribillan,
se remachan y se injertan, se atornillan,
mis dedos y tu pelo se desmayan y reviven, resplandecen,
mi olor y tu sueño se contemplan y se inflaman, se enloquecen,
mi sexo y tu sexo se derriten y se sueldan, se calcinan,
se desgarran y se muerden, se asesinan,
resucitan y se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden, y se entregan…
Nuestros cuerpos quedan allí, perpetuados, agotados,
vinculados para siempre, consumidos,
macilentos, desfallecidos, extenuados de tanto amor…

sábado, 12 de abril de 2008

Ese heroico naufragio




W. B. U.

A mi valiente navegante
lo vieron surcando por un mar negro,
denso y sedoso.
Arriba las ventanas, las estrellas,
los cerros, los alientos y también el cielo de Valparaíso,
y allí cerca, casi al alcance de la mano,
gracias a la luna,
dos imponentes montañas,
se dibujaban entre las sombras y él las vio.
El mar era tibio y calmo.
Pequeños oleajes, espasmos reflejos,
producían los embates
de una proa que avanzaba lenta
y que iba dibujando una estela plateada
en la superficie recortada de su inmensidad de madre.

El tibio y suave mar
se volvió pronto irritado y crespo,
y olía a tormenta tropical,
humedad caliente y nutritiva que se dejó caer,
salpicándolo todo, furtiva y profundamente, desde adentro.
Todo el océano se convirtió en una ondulante geografía,
y mi navegante se encontraba, a punto de zozobrar,
en medio de esta tórrida borrasca.
Verdaderas murallas líquidas,
impedían la huida,
y a mi navegante no le quedó más que navegar,
ahogándose en tanta humedad que había en ese piélago,
había tanta noche, tanto oleaje, tanta espuma.

Mi navegante alargó su singladura,
la hizo eterna, recóndita y lenta con un velamen de vieja estirpe
y una proa siempre erguida,
hasta que se cansara la noche,
hasta que la tormenta se hiciera paz,
se convirtiera en un lento sueño…
Según cuentan las abuelas del puerto,
el navegante fue todo impulso, lúcido y audaz,
y así, después de luchar un rato contra los permanentes embistes,
con vocación de mártir,
con vocación de náufrago,
se abandonó también
y se dejó engullir, lenta y profundamente,
hasta el fondo de aquel remolino negro.



viernes, 11 de abril de 2008

Frases melancólicas en el tranque


W. B. U.


Cielo gris. Nubes pasajeras.
Viento en mi mejilla.
Pulmones llenos de frío.
Orilla del tranque Rautén.
Un pez y su aleta. Silencio roto.
Círculos concéntricos en el agua.
Pequeños, medianos, grandes.
Muy, muy grandes.
Tarde de invierno.
Tú sola. Yo solo.
Caminos lejanos.
Tu rostro al norte.
En mi rostro lágrimas.
Soledad nuestra.
Recuerdo triste.
Palabras sueltas.
Sin verbos.
Sin acciones, sin fenómenos.
Sólo el silencio y la soledad.
Frases melancólicas en el tranque.

miércoles, 9 de abril de 2008

La Máscara




W. B. U.

Cuando el médico quitó los vendajes que ocultaban el rostro accidentado del niño, sus padres se apretaron en un abrazo que quería ocultar el asco, el terror, la desesperanza y el miedo. Desde entonces, Javier junto con perder sus orejas y todo el cabello en el incendio que redujo a cenizas la casa de sus padres, perdió también la inocencia y comenzó a caminar una ruta sin compasión en la que las burlas eran una experiencia bestial y cotidiana.

Así vivió su paso por la escuela, donde cada día debía enfrentar bromas y humillaciones, donde su sentimiento interno comenzó a carcomerlo lenta y sostenidamente hasta convertirlo en un quiltro que se enroscaba sobre si mismo.

Así fue, hasta que decidió ponerse una máscara con la que cubriría la vergonzosa cicatriz que le envolvía todo el cráneo. Cuando le dijeran que parecía un globo desinflado, que tenía cabeza de bala o que el condón no se ponía allí, él usaría su máscara, una máscara que adaptaría a sus necesidades, una máscara que finalmente ocultaría la humillación sempiterna de su fastidio injusto.

Un día un compañero de clases comenzó a molestarlo y entonces él, el esmirriado muchacho usó su máscara frente a todo el colegio. Era el momento de escapar para siempre a esas bromas. Comenzó a reírse a grandes carcajadas simulando disfrutar y compartir el sabor agridulce de aquellas mortificaciones.

FIN

martes, 8 de abril de 2008

El trasnoche





W. B. U.


Estuvimos juntos,
eternamente juntos por un instante,
contemplándonos embobados
al borde de nuestros fracasos
como dos adolescentes inquietos
que quieren saltar al oscuro vacío del riesgo.

En la playa de nuestras reivindicaciones,
donde nuestra esperanza se confundía
fuimos perdiendo la inocencia,
convirtiéndonos en grandes a golpes y desdichas.

Después de todo fue una larga noche,
para nosotros aún no ha amanecido.

domingo, 6 de abril de 2008

El Agobio




W. B. U.

Los pasos los iba dando como si tuviera que hacer un gran esfuerzo. Venía hastiado, totalmente agobiado tras su rutinaria visita a las librerías de la ciudad. Era tanto el desasosiego, que una sensación de asco amenazaba convertirse en vómito.

Le interesaban prácticamente todos los libros que aparecían en los escaparates y sufría lo indecible, porque sabía que no tendría el tiempo real de leerlos. Era apenas un humano. Cuanto más se empeñaba en imaginar lo que decían aquellos mundos extraños e infinitamente cotidianos de las novelas, que devoraba como un loco, mayor agobio le apretaba el pecho. Y mientras estuviera leyendo una novela, ¿cuántas otras estarían siendo impresas? Si le parecía estar oyendo el rumor de las impresoras rotativas. Le parecía oír también el rumor de los teclados e, incluso, el susurro del bolígrafo sobre la superficie del papel.

A cada paso, intentaba memorizar grandes líneas leídas en sus textos. Intentaba retener la idea central de las novelas leídas durante tantos años. Intentaba recrear la belleza excelsa conseguida por grandes e inspirados escritores. Pero al hacerlo sufría, porque lo único que quedaba era la evidencia de su pequeñez. Era un ser acotado a los límites de su temporalidad.

No podía leer más rápido de lo que ya había conseguido y su destreza ya era bastante buena. Tanto que era capaz de leer una novela durante el desayuno. Sin embargo, en el último tiempo, cada vez que estaba leyendo, comenzaba a confundirse. Su concentración era punzada por una idea que le iba rondando. Más que una idea, era una pregunta pérfida, insidiosa, intrínsecamente malévola: ¿qué dirán los libros que no puedes leer en estos momentos?

Durante sus sueños, soñaba siempre lo mismo: se veía en medio de una biblioteca de extensiones interminables que, como un universo en permanente expansión, iba ampliándose a si mismo hasta lo infinito. Mientras esto sucedía, él iba convirtiéndose en un punto minúsculo, cada vez más pequeño. Se sentía un átomo cada vez más insignificante, en medio de esta magnífica biblioteca que contenía todos los ejemplares de lo escrito por la mente humana. Él se veía perdido en medio de miles y miles de estrechos pasajes que formaban las estanterías. Entonces increpaba a lo alto, pero su grito se ahogaba en tanta pequeñez.

Toda esta divagación terminó de pronto, con el pitazo del tren que alertó su cercanía y lo devolvió violentamente a su realidad agobiante y cotidiana, violentamente finita. Contra toda certidumbre, contra toda obviedad él sonrió y un extraño brillo iluminó sus ojos. Por su cabeza había cruzado, como una salida concreta, la forma de escapar a esta finitud que le apretaba el alma.

FIN

sábado, 5 de abril de 2008

Reincidencia






W. B. U.

Cuando te encontré en aquella esquina, a bocajarro, después del largo abandono, todo volvió a recuperar su forma original. Como un relámpago, tras mirar tus labios, volvió a mí el sabor de tus besos, aún sin besarte, y olvidé en un segundo que te había estado olvidando todos estos años.

FIN

Amor con sabor a frutillas



W. B. U.

A veces me gustaría guardar
para siempre en la memoria
la topografía de tus pecas
y el rubio encendido de tu pelo...

tú tenías tantos sueños, pero, ya ves...
las cosas no son como esperamos
y tal vez nunca lo serán…

no puedo… lo siento,
sólo estoy en condiciones
de ofrecerte un amor
dos veces a la semana,
un amor que apenas tiene cubierta de latex rojo
y sabor a frutillas...

sábado, 29 de marzo de 2008

Uñas largas




W. B. U.


Nicole las cuidaba con una dedicación que se prolongaba durante muchas horas al día, por eso no alcanzó a darse cuenta que la vida avanzó veloz a su lado y envejeció puliendo, lustrando las superficies nacaradas, corrigiendo perfectas cutículas, limando la más mínima imperfección en los extremos de sus aguzados dedos.

De tanto vigilar sus uñas no vio que sus manos comenzaban a cambiar. Primero fue una, y luego varias las arrugas y pecas que comenzaron a cubrir sus extremidades. Pero las uñas eran una delicia de ser miradas y la envidia de muchas mujeres del pueblo.

Ella se empeñó, durante largos años, en ser mina, sofisticada y glamorosa, pero el tiempo la sorprendió soltando los pliegues de cada uno de los rincones de su cuerpo, convirtiéndola en una anciana indefensa y raquítica, que para lo único que vivía, desde la mañana a la noche, era para lucir sus uñas.

Sin embargo, la flaccidez de sus brazos y las anacrónicas ropas deshilachadas le colgaban del cuerpo, convirtiéndola en un desvencijado maniquí. Su propio deteriorado cuerpo no permitía que sus uñas lucieran como ella hubiera querido.

Durante su vida no estudió, ni trabajó, no entabló amores ni cultivó amistades porque se dedicó por entero a cuidar las extremidades de sus manos. En los últimos años, las uñas le impedían realizar cualquier trabajo doméstico, como alimentarse o asearse, por lo que terminó sus días mugrosa y apestando a todo tipo de hedores. Sus uñas eran un manojo ensortijado de laminillas de hueso de más de un metro y medio de longitud que habían atrofiado sus manos.

Al morir, con autorización de la escasa familia que le sobrevivió, los funcionarios de la universidad le cortaron ambas manos para ponerlas en exhibición.
Hoy, en el museo las miradas son multitudinarias; sin embargo, la admiración se confunde, a veces, con el asco, y en la mayor de las ocasiones, con una morbosa curiosidad.


FIN

jueves, 27 de marzo de 2008

La Lista




W. B. U.

Eduardo Benedicto sabía que a su vida le faltaba algo, porque no lograba ser enteramente feliz. Se acostaba por las noches y su insatisfacción le hacía quedar con los ojos pegados al cielo de la habitación. Se dormía en aquellas ocasiones, cerca de las cuatro de la madrugada, tratando de darle un sentido último, un significado, a su presencia sobre el planeta.

Como siempre fue un tipo ordenado y previsor, había realizado un completo análisis introspectivo y, como había llegado a la determinación de que nada era capaz de satisfacerlo totalmente, concluyó que necesitaba creer, con extrema desesperación, inflexiblemente, para él creer se había convertido en un imperativo, en una necesidad vital.

Por ello, como consecuencia lógica de su ordenado y sistemático proceder, comenzó a escribir una lista con todas las posibilidades que tenía a mano, para decidir bien y entregarse inmediatamente a su tarea de fe. En la lista, cuyo papel dejó momentáneamente sobre la mesa para ir al baño, quedaron apuntados su mamá, un cantante de heavy metal, el dinero, la familia, el Che Guevara, Dios, el placer y el éxito, así como ilimitadas dosis de Prozac y marihuana.

Ahora sólo le faltaba decidir.

FIN

miércoles, 26 de marzo de 2008

Ojitos de gato






W. B. U.

Ella lo presintió en cuanto se supo reflejada en la retina de esos verdes ojos felinos. Él, ya había escogido a la que sería su deliciosa presa, esa noche. Ella estaba apoyada contra un mueble de arrimo junto a la puerta, mirando al resto de los invitados. Él, apoyaba sólo un codo contra el borde de una chimenea ociosa. En medio de la fiesta, él no le había sacado los ojos de encima y a ella le excitaba pensar que la había desnudado arrebatadamente con la mirada.

Ella sabía que esa noche sería diferente, que algo importante pasaría en su rutinaria vida. Sabía que algo, impensado y loco, arrebataría su tranquilidad y sosiego desde que lo vio. Él, sabía que su presa no se resistiría. Era una noche más de depredación.

Ella no estaba con un hombre desde hacía unos tres meses y él, la tenía verdaderamente embobada desde hacía rato.

“Es que esos ojitos de gato, me obligaban a mirarlo”, pretendería argumentar posteriormente, como buscando una salida impune, por si su carne fuera débil y cediera a esos encantos felinos. Él, no había argumentado nada, sólo se había movido como impulsado por una fiebre, sacudiendo su pelvis con espasmos verdaderamente crueles, sin dejar de mirarla, hacía poco menos de cuatro minutos. Era evidente, él había bailado para ella.

En un momento en que la música pasó del rock al soul, y la luz ambiente bajó aún más su intensidad, él comenzó a acercarse entre la multitud, atravesando el ancho living con un breve zigzag para sortear algunos muebles e invitados. Ella había comenzado a jadear. Él, había recogido a la pasada y con dos zarpazos criminalmente certeros, dos tragos de Martini con sendas aceitunas verdes, las cuales yacían encalladas en la profundidad de los vasos, heridas de muerte por las estocadas de dos mondadientes.

Ella se mojó lentamente los labios con la punta de una lengua roja de deseo y trató de controlar su loco corazón que le desbordaba, impúdico, en el centro del pecho. Él se acercaba con un movimiento sinuoso, sin dejar de mirarla. Ella pensaba que en cualquier momento su corazón le saltaría, a través del generoso escote que se movía arrebatadamente al compás de una respiración loca.

Él era un felino en toda la extensión de la palabra, y le hacía honor a este mote; tanto, que actuó como un leopardo cuando se acercó ronroneándole en la oreja, a modo de saludo, y le arrimó la copa; tanto, que actuó como una pantera cuando una de sus manos se escabulló, sigilosa y bajó por la escotada espalda, rozando levemente sus nalgas; tanto, como un tigre que deslizó su zarpa por entre los pliegues de la cartera que tenía colgada del hombro; tanto, que actuó como un gato montés, huyendo luego, después de un beso, por la puerta, hacia las sombras del jardín, con la billetera en su poder…


FIN

jueves, 20 de marzo de 2008

Alegre y Vivo




W. B. U.



En verdad, Pablo se sorprendió con el fuerte pitazo que taladró el vacío y el silencio en medio del campo oscuro. Al girar la cabeza a la derecha, vio como se aproximaba velozmente el tren y no necesitó intuir nada, porque la adrenalina ya comenzaba a mover cada una de las fibras de su cuerpo. Entonces giró desesperadamente la llave del vehículo pero éste no respondió. Supo de inmediato que no tendría tiempo de soltar su cinturón de seguridad, de abrir la puerta, ni saltar. Entonces sólo atinó a cerrar los ojos y a encomendarse a Dios, pidiendo en un segundo, como nunca había pedido antes, que lo salvara.
En la breve eternidad que pareció un instante congelado, el tren destrozó su auto, le fracturó algunas costillas y le cortó una pierna. Entonces, cuando ya todo acabó; cuando el traqueteo del metalero se perdía sobre los rieles que jugaban paralelos a dibujar una curva; cuando el tren fue devolviendo el silencio arrebatado, como pudo, mientras llegaba la ambulancia, Pablo se sentó y levantó sus dos puños al cielo, victorioso, agradeciendo a Dios, feliz por no haber muerto.


FIN

El recuerdo empecinado



W. B. U.

El miedo era mucho y ella temía perder todo por lo que había luchado tanto tiempo. Y es que cuando la pusieron entre la espada y la pared, prefirió la seguridad del hogar que había construido con esfuerzo, luchando contra inseguridades y aceptando miedos extraños.
Le pidieron que dejara de escribirme y ella aceptó, esperando que la vida pudiera cambiar su destino.
Ahora, tras meses de silencios, mientras ella espera que la vida le devuelva la oportunidad de hablarme, yo no dejo de recordarla, porque el olvido está ahí, agazapado, esperando a que me confíe.



FIN

lunes, 10 de marzo de 2008

El Ejecutivo









W. B. U.




Después de un largo período de tensión vivido en la reunión de directorio, Javier, el exigente e implacable gerente general de la división de telecomunicaciones, decidió subir a la azotea del edificio corporativo. Sabía que allí la vista era imponente y la brisa podía darle de lleno en su rostro entrenado para no expresar la más mínima muestra de duda. Acostumbraba a refugiarse allí para aclarar sus ideas.

Ya no importaba la humillación sufrida minutos atrás, ni el sabor del fracaso experimentado y exhibido, sin compasión, por las frías cifras que proyectó, sobre el telón, el abogado de la junta contralora.

Nada importaba. Mucho menos ahora que estaba experimentando el sabor salobre de la brisa que le acariciaba el rostro y que, a borbotones, pretendía ingresar por sus fosas nasales y boca abierta que comenzaba a proferir una esquizofrénica carcajada. Javier sólo sabía que debía disfrutar la felicidad de esa brisa tan sólo durante una pequeña fracción de segundos, porque el pavimento se acercaba a una velocidad vertiginosa.


FIN

miércoles, 6 de febrero de 2008

Más mujer



W. B. U.


Todo se solucionó para mi amiga cuando comenzó a mirarlas bien. A decir verdad, aquellas raquíticas que se paseaban por la pasarela se veían macilentas, a pesar del exceso de maquillaje y el efecto estratégico de las luces.
Se dio cuenta que no eran para nada comparables los 125 ml. de yogurt que consumían con bastante agua mineral a su plato de pastas servido siempre con abundante salsa de tomates con champiñones.
Entonces mi amiga y sus amigas se atrevieron a mirarse con desparpajo ante el espejo y decidieron comenzar a caminar por la vida, sintiéndose liberadas de la culpa que les habían obligado a sentir.
Cada una de ellas comenzó a caminar con mayor seguridad, bamboleando cada centímetro de su cuerpo y sintiéndose mucho más mujer.

FIN

viernes, 1 de febrero de 2008

El teléfono




W. B. U.


Ella era especial. Ella era tan especial que nadie podía hacer sonar, como una campanilla, la taza de porcelana en la que, por las tardes, endulzaba su té con una antigua cuchara de plata.
Ella era especial. Ahora lo sabía y estaba molesto por ello. Tuvo que pasar todo este tiempo, para que me diera cuenta de que, en verdad, la amaba. Sí, porque la amaba verdaderamente, tanto como para guardarme mis vergüenzas, tomar el teléfono y llamarla para ofrecerle disculpas, y jurarle que esta vez todo iba a cambiar.
Es que lo había descubierto. Por fin lo había descubierto. Por fin me había dado cuenta lo que era quererla por lo que ella era, con la misma decisión con la que ella me quería. Ahora había encontrado la valentía, ahora le diría quien yo quería ser, junto a ella. Ahora había encontrado el valor.
Sí, este es el momento, porque son cerca de las cinco, es tarde y hace un poco de frío. De seguro está en el ventanal, mirando hacia la avenida, a la poveda sombría y revolviendo su taza de té. Haciéndola sonar como campanita, como nadie sabe hacerlo, y ahora tengo el valor, por eso es que tomo con decisión el auricular, marco el número lentamente y me decido a esperar.
Sin embargo, me entristezco, como el día que se nubla junto a mí, porque han pasado ya cinco minutos y el teléfono no deja de sonar ocupado…

FIN

miércoles, 23 de enero de 2008

Desnudada




W. B. U.

Entre sus sueños eróticos más celosamente guardados estaba el que le desgarraran la ropa dejándola totalmente desnuda, abandonada, indefensa y sola, en medio de un paisaje oscuro y totalmente desconocido. En sus sueños ella no veía a su violentador, sólo veía una mano delgada entre las sombras.

Eso era lo que soñaba siempre, en medio de una soledad cómplice y cuando lo hacía su mano la traicionaba y, agazapándose entre sus ropas, buscaba el calor de su siempre perfumada entrepierna.

Por fortuna, sin buscarlo, al poco tiempo su sueño se hizo realidad. La gitana venía bamboleando su amplia pollera con su sinuoso caminar, le sonrió y no medió entre ellas ni una sola palabra. Hipnotizada, ella estiró su mano, la que fue leída con fruición y seguridad.

Al cabo de algunos minutos, la gitana se iba con un billete en sus manos, mientras ella quedaba abandonada, indefensa y sola en medio de un paisaje totalmente oscuro y desconocido. Totalmente desnuda, porque la gitana le había leído tres o cuatro verdades que había ocultado por siempre.

FIN

sábado, 19 de enero de 2008

La última tarde



W. B. U.


Me dolió la última tarde,
cuando tu voz, dibujada en el papel,
tuvo un aroma a campo marchito.
Los soles de la vida se eclipsaron
porque te viste obligada a decirme adiós
desde la tristeza más profunda,
como un parto maldecido,
desde la agonía más recóndita
aguantando unas ganas de ponerte a llorar para siempre,
de vaciarte en lágrimas,
resignada por tus hijos.

Darnos cuenta que nos trazaba el rumbo
la mano atormentada del delirio,
del celo infame, no fue bueno para ninguno,
pero no pudimos rebelarnos.

El buen amor incomprendido fue hostigado,
perseguido, arrinconado,
como presa asustada se redujo, envolviéndose en el silencio,
en un bendito silencio que no callaba
y así, sin hablarnos insistíamos en ser dos,
pero es horrible ser dos inútilmente,
porque todo se hace estéril
y por ello te dejo partir,
aunque te estaré olvidando por siempre,
cada día te estaré olvidando,
cada mañana y cada tarde,
y cada noche te estaré olvidando,
haré esfuerzos enormes cada minuto por olvidarte,
aunque en ello se me vaya la vida
porque, como dijo Mario Benedetti:
“En el fondo el olvido es un gran simulacro
repleto de fantasmas”.

lunes, 7 de enero de 2008

Fe




W. B. U.


Al fin soy salvo, después de 45 años Dios cree en mí.


FIN

jueves, 3 de enero de 2008

La brisa


W. B. U.


Todos sintieron una pena enorme después del fatal accidente. A Beatriz tuvieron que sedarla para que soportara los tediosos trámites, pero ya está más tranquila, yo estoy ahí para cuidarla.

Ella acostumbra a sentarse junto a la ventana y, mientras acaricia una foto mía, mira hacia la bahía construyendo ilusiones con sus secas lágrimas. Yo la rondo y en algún momento de descuido, como en los primeros años de matrimonio, le soplo en la oreja, para hacerla reír, pero ella parece contrariada, ahora sólo suspira y cierra la ventana.


FIN

miércoles, 2 de enero de 2008

Atrapada





W. B. U.


Ella quiere escapar, pero no puede...

El recuerdo es un depredador poderoso.


FIN

jueves, 27 de diciembre de 2007

La rebelde




W. B. U.


Recibió los golpes propinados cobardemente y a mansalva con increíble mansedumbre. Al saberse perdida en la profundidad secreta de los calabozos, decidió rebelarse una vez más ante sus torturadores como siempre lo había hecho contra la dictadura.
Comenzó entonces a recibir los golpes en riguroso silencio, con actitud de trapo.

Al final hizo un esfuerzo supremo y construyó una sonrisa sobre el amoratado rostro. Entonces exhaló larga y profundamente muriéndose antes de lo que sus torturadores tenían planificado.

FIN

El televidente




W. B. U.


Quiso simplemente pagar con la misma moneda y después de conocer como el gobierno censuraba las comunicaciones decidió ver la televisión con los ojos cerrados.

FIN

miércoles, 26 de diciembre de 2007

El pensador




W. B. U.




Finalmente lo comprendí todo, hice mi mejor esfuerzo intelectual, mis abstracciones más elevadas, las mejores divagaciones, utilicé el mejor método lógico deductivo y comprendí... que fui un bruto.

FIN

Rumbo al trabajo







W. B. U.
(basado en una idea de Laura Hidalgo)


Suena el despertador a las 7 de la mañana. Hago un ligero amago de levantarme, pero retraso la alarma, lo que suponen diez minutos más de tregua. No alcanzo a conciliar el nuevo sueño cuando vuelve a sonar el dichoso aparato. Entonces, después de estirarme, enciendo la radio como todas las mañanas. Comienza a sonar “Beast of burden” de los Rollings, lo cual me dibuja, casi por encanto una sonrisa en la cara, ya que pienso que soy una bestia de carga que comienza a ser azotada por otro día más de trabajo. Apuro todo lo que dura la canción metidita en la cama para atesorar ese calorcito que acaricia, comparado con el frío reinante afuera.

Comienzo, entonces, a soñar contigo y con nuestro próximo viaje. Qué ganas tengo de hacer ya de copiloto y de tener contigo largas conversaciones de coche, aunque sé que toda conversación terminará en tus impertinentes preguntas acerca de mi pasado. ¡Ja!, te esfuerzas en disimular las preguntas, en ocultarlas muy bien, intentando sonar lo más casual posible, pero al final es lo mismo. Preguntas todo de mi pasado, que cómo fue esto o aquello y yo sé que te pararé en seco la impertinencia, obligándote a amarme como soy. Y te ruborizarás por ser tan inseguro, mirarás fijo hacia adelante en la carretera, hacia ese imperceptible agujero negro que atrapa las líneas paralelas de los bordes del asfalto para engullirlos tranquilamente y comenzarás a conducir un vergonzoso silencio.

Al final, sé que todo el viaje se hará más llevadero según la selección musical que pueda hacer, porque iremos chasqueando los dedos, tarareando o cantando supuestamente felices y entonces pienso… ¡qué cojonuda es la música!

Corro la ropa de cama, pongo los pies en el suelo y doy más volumen al equipo musical. Hago el pis mañanero con la puerta del cuarto de baño completamente abierta, porque sé que estoy sola. Entonces suelto mi sonoro estómago con total desparpajo porque sé que estoy completamente sola.

Me lavo las manos y me preparo el desayuno. El café instantáneo sabe de mil maravillas. La crema con vainilla le da ese sabor y aroma que me transporta a la casa de mis abuelos cuando era una rubiecita de bucles con apenas seis años y el café estaba vedado para mí. Entonces siento que algo se activa adentro y que ya soy un poco más persona. Me ducho con agua caliente primero, y, a pesar del frío reinante, con un golpe de agua helada, al final. ¡Ja!, más persona aún. Me visto. Me maquillo bien, porque ya sabemos que una es muy coqueta y quedo preparada, lista, totalmente lista para enfrentar un nuevo día, con mis blue jeans gastados y mis zapatillas tenis estropeadas. Me calzo la gruesa bufanda tejida con fiel cariño maternal. Cuelgo mi laptop en el hombro derecho, doy una última mirada al departamento, para guardar el orden en mis retinas, para cerciorarme que todo quedó organizado como debe ser y pienso en la oficina y en los diseños publicitarios que debo terminar hoy. Entonces abro la puerta y me dispongo a bajar.

-Buenos días, Laura-, me saludan. Respondo como una autómata y pienso que la metamorfosis se está completando rápidamente, poco a poco me estoy convirtiendo en la persona que soy todos los días. Ese ser social que regala sonrisas, dispuesto a ofrendar su cuota de civilidad para que el grupo humano, la sociedad completa, funcione. Ahora, cuando cierro con doble llave la puerta, ya tengo identidad. Pienso en lo increíble que resulta que la identidad sea una ilusión que te proveen los demás, que te otorgan los otros cuando te señalan. Vivo todo el día conmigo misma, intentando ser mi cómplice y, al final, la identidad me la proveen aquellos que me llaman, los que me odian o los que me aman. Nunca, con toda seguridad los que me ignoran, que para ellos no existo.

Llego a la calle y saludo a pocos... ¡La ciudad es tan grande! La ciudad es tan grande y sus calles cubiertas por pavimentos me impiden echar raíces. Es tan inmensamente grande la capital comparada con el pequeño pueblo en el que mis memorias encuentran siempre un descanso con sabor a abuelos y a vida campestre, amparada del frío gracias al calor del leño ardiente.

Ya en el Metro de Madrid siento como todo zumba, todo es una gran y desordenada carrera, los carros del tren subterráneo vuelan un derrotero oscuro, claustrofóbico y agobiante, y la vida anónima de los pasajeros y la mía propia, se extravía, se pierde como un aceite rancio, que cae gota a gota, en una vorágine sin identidad. Donde miro veo a gente sudorosa con cara de mala hostia a raudales. Entonces, siento que necesito urgentemente mi droga. Calzo en mis oídos los audífonos conectados a mi MP3. Aprieto play..., suena Editors..., cierro literalmente los ojos, mientras todo mi cuerpo comienza a moverse al ritmo de "Open Up"..., curiosamente me emociono... ¡Que voz tiene este cabrón!, pienso.
La música…, qué maravillosa droga, ahora sí que soy persona..., ahora si que soy...., …¡A trabajar..!

FIN

viernes, 21 de diciembre de 2007

Una vez más



W. B. U.


En la soledad del patio, él, un hombre que con inocente esfuerzo se arrimaba al umbral de los 35 años, jugaba, corría y daba vueltas, una y otra vez, siguiendo una órbita heliocéntrica en torno a su hijo autista. Recogía la pelota que le había lanzado cientos de veces para que el pequeño la tomara; sin embargo, el niño continuaba imperturbable, como una estatua de sal, atrapado en un halo de eterna inconsciencia que lo hacía encontrarse muy lejos, dentro de sí. La pelota le golpeaba suavemente el cuerpo, para alejarse dando pequeños botes, a unos cuantos metros sobre el césped.

Él, podría haber pensado qué sentido tenía todo aquello. Podría haberse dado por vencido, pero como arrobado por una inconsciencia testaruda, prisionero de una fatalidad gratuita que encontró un buen día, recogía una vez más el balón, para lanzárselo al cuerpo.

Obstinado, quería ganarle al destino, quería vencer la derrota que la realidad le había propinado a los sueños que se había forjado cuando esperaba el nacimiento de la criatura: iba a jugar al fútbol con su primogénito varón, tal como habían jugado con él. Le regalaría una camiseta azul. Esperaba que su hijo golpeara el balón para que él, bajo los tres palos, simulara que su esfuerzo no podía evitar la conquista. Entonces, desde aquel día tendría que comprarle botines con estoperoles y las canilleras de última moda, tal vez llevarlo uno que otro domingo al estadio.

Él le lanzaba la pelota mientras lo estimulaba, pero los vítores rebotaban contra las solitarias y mudas paredes de la propiedad:

-Muy bien, ahora viene corriendo por la punta derecha, burla a uno, a dos, a tres…-, dribleaba con la pelota dos o tres arbustos.
-Levanta la cabeza, lo mira mejor ubicado en el centro del área y le lanza el paseeee…-gritaba, jadeando.

Y ahí acababa todo. El eco de sus palabras se ahogaba abruptamente en el sordo pozo de la realidad. Terminaba el ataque de un equipo imaginario estrellándose contra las inclementes condiciones de su hijo que sólo atinaba a quedarse de pie y a mirarse los dedos, que movía con extraordinaria habilidad, escribiendo increíbles historias en el aire.

No sabía cómo derrotar esa barrera infranqueable de soledad y aislamiento en la que estaba encerrado su retoño. Nadie podía saberlo, ni la ciencia con todos sus adelantos lo había podido insinuar siquiera, pero él, con una ceguera terca, iba una y otra vez a la carga, como un equipo que debe vencer a una cerrada defensa rival.

Lanzaba la pelota sin esperanzas, porque la realidad le había vedado tenerla. Lanzaba la pelota una y otra vez sólo porque debía hacerlo, en la soledad y quebranto de su paternidad infausta, y esa era, precisamente, la llave que liberaría su infortunio, porque continuó empecinado, como gota que orada el granito más duro, lanzando una y otra vez el balón.

-La para de pecho, la controla, se pasa a uno, se pasa a dos, levanta la cabeza, lanza el pase, se huele el gol… se huele el gol…-, sin embargo, las palabras seguían siendo absorbidas, una a una con increíble determinación, por el cemento de las paredes.

Pero avanzaba la tarde y ya la luz adecuada para la práctica del fútbol, se había ido hacía rato, sin que él lo hubiera notado prudentemente. Además, su hijo de tan quieto que estaba en el centro del patio, sobre el césped, absorto, se estaba enfriando y podía coger un catarro.

Él, el padre obcecado, no había perdido la esperanza, sencillamente, porque no la tenía. Nunca la había anidado en su pecho para no sucumbir en el fracaso desalmado de su realidad.

Sólo sabía que tenía que ir a la carga una y otra vez, para derrotar el aislamiento de su hijo, para hacer sucumbir esa barrera que, como una pared de piedra lo separaba de la vida común y corriente. Y en vez de haberse convertido en una gran máquina o cíclope que hiciera colapsar de un golpe la dura roca, se había vuelto una pequeña hormiga, testaruda y ciega, que iba silenciosamente, en medio del patio de su casa, mientras se iba la luz del sol, llevándose uno a uno los miles de millones de granos que conformaban esa pared egoísta para hacerla caer.

De pronto, él, el padre pertinaz, creyó ver un breve brillo de conexión en los ojos de su hijo y dificultosamente vio como su silueta, recortada tenuemente contra las sombras del patio, comenzaba a moverse…

En un momento, todo quedó suspendido por los finos hilos de una esperanza que se agigantó, padre e hijo fueron cómplices de una misma realidad. Desde el fondo del patio se elevó furioso un largo grito apagado miles de veces:

-¡Goooooooooooolllll!


FIN

martes, 18 de diciembre de 2007

Hacedor de Hombres




W. B. U.

Mientras todos pensaban que sería bueno para él que muriera cuanto antes, postrado en su cama por ya tres largos meses, el anciano estaba enfrascado en la febril, secreta y divina actividad de hacedor de hombres. Esto, desde que se había enterado que Dios enseñaba irresponsablemente las primeras muestras de cansancio, dejando en peligro la continuidad de la Creación, el futuro de la Humanidad.
A veces, distante de la realidad que se le presentaba entre los límites contenidos del universo que era su apacible pieza, el pobre y cansado viejo no hacía otra cosa que permanecer por largas horas con sus ojos abiertos, como si el tiempo se hubiera detenido en él, mirando hacia un punto infinito que quería dislocarse del cenit de su dormitorio. Los ruidos de la vorágine habitual de la casa le resultaban absolutamente desconocidos de la mañana a la noche y a veces, jugaba a decir demenciales incoherencias.

-¡Qué pasa papá, que no duerme, por Dios!, mire que ya es tarde…-, lo recriminó tiernamente su hija.
-Es que ahora le estoy enseñando todo lo que deberá saber-, le dijo, dejándola perpleja. Por cierto, le hablaba de un nuevo niño que andaba por allí y que quizás nunca llegarían a conocer.

En otra oportunidad, le había confesado que dentro de su arrugada piel y conviviendo con deteriorados órganos, había en ese cuerpo que ella identificaba como el del antiguo asesor de abogados, uno de los pocos hacedores de hombres que iban quedando en ese pueblo gris, donde cada vez nacían menos criaturas.
Y era verdad, porque del padre quedaba tan sólo una figura humana corrompida por el tiempo, una piel y una forma que se deterioraba paulatinamente. El padre, aquel que había sabido despertar las más grandes pasiones sociales en su hija, los más grandes sueños, aquel que había sabido construir en la hija los pilares de una moral incorruptible, ya había desaparecido hacía tiempo. Ahora era otro el que estaba en esa piel, en esa forma, en ese lento transcurrir del tiempo…
Como un semidiós que purgaba sus pecados, al igual que Sísifo que fue obligado por los dioses a empujar infinitamente una pesada roca hasta la cima de una montaña, desde donde caería una y otra vez, el viejo se negaba a morir, alargando las horas, porque se sentía obligado a pensar en nuevas vidas que deberían nacer en el pueblo.
No hacerlo habría sido una vergonzosa torpeza y ya no estaba para irresponsabilidades. Por ello, con pasión, con ardor, con arrebatamiento, obstinadamente pensaba en vidas, pasiones, expectativas, talentos y capacidades de nuevos hombres y mujeres que andarían por allí, los que tendrían como característica esencial, como firma de su autor, que serían capaces de amar, siempre, con pasión y desorden.
Y es que cada uno de nosotros hemos sido pensados por un hacedor de hombres y aquello que llaman personalidad, no es sino la sumatoria de las características que ellos tuvieron cuando experimentaron esta forma humana.

-Ya pues papá, ya es tarde, mañana sigue haciendo hombres-, le decía complaciente la hija, y lo arropaba bien y le apagaba la luz. Y así se alejaba cansada y con un dolorcillo en el pecho, pensando que su anciano padre ya estaba desvariando, porque nada encajaba en el mundo racional y reflexivo al cual estaba acostumbrada.

Sin embargo, cuando ya todos dormían en la vivienda, la escasa luz que se filtraba dentro de la habitación permitía que la curvatura de unos ojos abiertos y fijos en un punto mágico en el cenit de la pieza, resplandecieran de cuando en cuando con el sutil brillo inmaculado de la creación.

FIN

viernes, 14 de diciembre de 2007

Desnudo frente al mar




W. B. U.

Bajé sin apurar mis pasos por la larga escalera que se fundía con la irregular topografía del terreno. La superficie semi amarillenta del campo evidenciaba el rigor del sol, cayendo pesadamente y por largas horas, sobre la dura hierba. Cada cierto tramo algunas pequeñas flores impertinentes, intentaban irisar la rutinaria coloración siena de un prado costero acostumbrado a las inclemencias del clima, y en ellas, los pocos insectos realizaban su actividad con deleite y fruición, como apostando que en ello se les iba la vida entera.
A los pocos peldaños, me detuve y miré hacia la clara y curva amplitud del océano, llené mis pulmones con el aire salino y tibio de la tarde, y mis oídos fueron golpeados por una alharaca congregación de gaviotas, chorlitos y playeros blancos que revoloteaban encima de mi cabeza. La estucada superficie de la playa, allá abajo, reflejaba un brillo grisáceo sobre el cual se recortó, claramente, la amplia envergadura de un pelícano que, sin agitar sus alas, era capaz de avanzar por el largo trecho del litoral.
Allí abajo estaba la arena, pintada de variados colores por los distintos modelos de quitasoles y toallas, y por las tonalidades de distintos bronceados que ofrecían los cuerpos desnudos de una cincuentena de personas.
¿Me atrevería a desnudarme, respondiendo a la invitación que me hizo una colega de trabajo? “Yo iré con mi marido y mis dos hijas”, señaló, ampliando así la invitación que me hacía, a mi esposa e hijo. Sin embargo, allí estaba yo, solo, mientras mi esposa e hijo se había quedado en casa, esperando mi regreso y los comentarios de esta experiencia tan loca que había decidido tener.
Me sentía como aturdido, no por la maravillosa limpieza del paisaje, sino por la experiencia que estaba a punto de tener. ¿Sería capaz de desnudarme?
Empujado quizás por el simple hecho de estar ya allí, o por el hecho de que la distancia que ya había recorrido desde el estacionamiento a la escalera, era más larga que lo que me restaba por acceder a la playa, seguí bajando, sin apuro, mientras me asaltaban una serie de miedos. ¿Y si al mirar a una mujer se me produce una erección?, ¿Y si no puedo controlar el rubor en mis mejillas?, ¿Y si alguien, mujer u hombre, se me acerca demasiado a conversar, cómo tendré que comportarme?, ¿Y si los hombres tienen penes más grandes que el mío?
Imbuido en estos pensamientos, no me di cuenta cuando mis pies tocaron la irregular superficie de la arena.
Debía caminar unos 200 metros hacia el norte, pero ¿sería ese un buen momento para abortar todo y caminar hacia el otro lado? No, definitivamente no estaría tranquilo conmigo mismo. De pronto se me cruzó un pensamiento un tanto tranquilizador. ¿Qué tal si mi colega de trabajo no pudo venir y solamente hay gente que nunca he visto antes? En el peor de los casos, podría retirarme de la playa estando seguro de que no volvería a ver jamás a estas personas.
Comencé a avanzar hacia Playa Luna y comencé a sentir un mayor riesgo, cuando la difusa imagen de cuerpos desnudos tendidos en la arena, comenzaron a dibujarse con mayor detalle en mi retina, a cada paso que daba.
De pronto, adivinando que había gritado mi nombre, porque la persistente brisa y el alborotado graznar de las aves impedían escuchar, salvo a un interlocutor cercano, vi que mi colega, completamente desnuda me saludaba a lo lejos, moviendo sus brazos, se levantaba del lado de su marido y acompañada por sus dos hijitas, comenzaba a caminar a mi encuentro cubriéndose, sólo del sol, con un sombrero de ala amplia, tejido en fibra de arroz.
Asegurado por la distancia, que me ofrecía una cobarde impunidad, cuando aún nos separaban unos 30 metros, apuré una mirada a sus pechos y a sus vellos púbicos que, obviamente, nunca había visto antes, a pesar de los tres años de relación laboral que teníamos, coincidiendo en la misma oficina.
Ella soltó la mano de su hija, abrió ampliamente sus brazos y su sonrisa y me dio un abrazo apretado:

-Qué rico que viniste- me dijo Sonja, mientras yo, todo turbado no me atrevía a mirar su desnudez, sintiéndome observado y evaluado por su marido, y no me atreví a abrazarla por temor a rozar su piel.

-Saluden al tío- les dijo a sus hijas, y las chiquitas con una naturalidad angelical, se acercaron para que nos diéramos un beso; yo les ofrecí mi mejilla, sin embargo, la más pequeña, de unos cuatro años, me besó en los labios, acostumbrada a besar así a su padre y sin quererlo me provocó una mayor desorientación.

Adivinando mi turbación, Sonja me tomó del brazo y me dirigió al lugar que estaban ocupando en la playa. En el corto trecho, habló de la temperatura y de la brisa, de cosas que evidentemente no requerían de una respuesta. Pocos metros antes de llegar a la toalla, se dirigió a su marido, que leía un libro, anunciándole mi evidente arribo. Éste se volteó balanceando descuidadamente su pene que sentí como una agresión y que calculé era más grande que el mío, mientras él, me ofrecía una generosa sonrisa y me daba la bienvenida, mirándome a los ojos.

Advertida mi turbación, Sonja avisó que iba con sus hijas a bañarse, quedándome sólo con el marido, quien con su mano derecha, sacudía distraído algo de arena de sus genitales, mientras me preguntaba si era la primera vez que acudía a Playa Luna. Él se acostó de espalda clavando los codos en la arena para poder mirar permanentemente a sus hijas y esposa, en el borde del mar. Su vigilante actitud de varón protector, me dio la posibilidad de mirarle nuevamente el pene para compararlo con el mío. En realidad, no era mucho más grande o tal vez sería del mismo tamaño.
Concentrado en estas críticas comparaciones que aseguraban mi virilidad, no me di cuenta cuando una joven mujer se nos acercó, quedando su vulva de abundante vellosidad a la altura de mis ojos, saludó al esposo de mi colega y le pidió fuego. Yo intentaba desviar la mirada.
Mi eventual compañero no fumaba, por lo que ella se dirigió a mí:

-¿Y tú, tienes fósforos o encendedor?, dijo mientras me enseñaba su cigarrillo.

Estaba muy complicado, porque tenía mi mirada clavada en la arena y sabía que para responderle adecuadamente, debía levantar mi vista pasando por su vulva y luego por sus pechos, hasta llegar a sus ojos. Afortunadamente, el sol en contra provocó que instintivamente entrecerrara mis ojos y, cubriéndome la frente con mi mano izquierda a modo de visera, evité ver lo que me sentía incómodo de ver. En ese tiempo fumaba, por lo que, con un poco de esfuerzo, oculté el temblor de mis manos, mientras buscaba un encendedor en mis bolsillos.
Ella se agachó sujetándose el pelo y poniendo su cigarro a la altura del encendedor, mientras sus pechos le colgaban libremente, dejándose vencer por la gravedad. Después de pegar dos o tres fuertes chupadas, de las que salieron bocanadas de humo, me preguntó, todavía agachada:

-¿Eres textil?.

Al esposo de mi colega la impertinente pregunta le dibujó una sonrisa en el semblante, mientras yo creo que ponía mi mejor cara de estúpido.

-“Textiles son los que acuden a la playa vestidos y que se meten al mar o toman el sol con traje de baño”, me explicó, entendiendo que estaba nuevamente frente al dilema de tener que desnudarme.

Mi pregunta era persistente y una sola: ¿Sería capaz de hacerlo?

-“Si no lo haces, nadie te van a decir nada, pero si miras bien, eres el único que está vestido y te pueden empezar a mirar como bicho raro”, continuó mi interlocutor.

Sacarme la camisa fue fácil. Comencé a doblarla exageradamente y la guardé en mi bolso, con una delicadeza y cuidado que nunca antes había tenido. Luego me saqué las zapatillas y los calcetines, los que también guardé con preocupación. Para darme un poco de fuerzas, respiré profundo y bajé el cierre de mi blue jeans y me aprestaba a sacarme los pantalones cuando Sonja llegó riendo con sus hijas y salpicándonos un poco de agua.

-“Mehh, todavía no te sacas la ropa”- me dijo despreocupadamente, mientras ordenaba las toallas a sus hijas y para ella misma, dejándose caer de espalda, tan larga como era y totalmente desnuda, a escasos 30 centímetros de donde yo estaba. “Ahh, esto es vida. Está rica el agua…”, fue su ultimo comentario, antes de terminar de sacudir su pelo, cerrar sus ojos y entregarse a los rayos del sol.

-“¡Bien, ahora me toca a mí!”-, dijo el marido y salió llevando su desnudez hacia la espuma, coordinando su carrera con las olas, para ingresar con un clavado, justo en la base de una ola que se había desatado para reventar en la arena.

Me sentía verdaderamente extraño. Comencé, entonces, a mirar el cuerpo desnudo de Sonja, en medio de la playa, mientras las gaviotas revoloteaban arriba de nuestras cabezas. Entonces vi el rigor de dos embarazos. Sus estrías eran como condecoraciones de ello, al igual que la cicatriz cruzada, semi oculta por sus vellos púbicos y bajo un pequeño bulto de grasa por debajo de su ombligo.
Cuando miré sus pezones me di cuenta que del borde de sus areolas salían algunos vellos castaños. Estaba preocupado de sacar el hilo suelto de una costura en mi pantalón, cuando mi colega, sin abrir los ojos me dijo:

-“Es más fácil desvestirse de una vez y ya”-, se le dibujó una leve sonrisa en los labios, una sonrisa que había sido controlada por el respeto que me tenía. Ella era capaz de respetar mis propios miedos. Después de ello, se dio vuelta, con una mano hizo dos cavidades en la arena donde depositó sus pechos y continuó tomando sol, despreocupada. A lo lejos, su marido conversaba con otras personas en medio de un grupo, todos desnudos, entre las cuales habían desde ancianos hasta niños pequeños.

“Desvestirse de una vez y ya”, me rondaban esas palabras. Recorrí mi entorno con la vista y observé que algunos me miraban, sentí que hablaban de mí, así es que lo hice, me saqué el pantalón con la ropa interior incluida “de una vez”. En ese momento, Sonja se incorporó y cubrió los cuerpos de sus hijitas con bloqueador solar y además movió dos quitasoles para protegerlas. “Niñas, quédense aquí hasta que vuelva”, les aconsejó.

Entonces se incorporó y me extendió su mano:

-¿Vamos a caminar un rato?-, me dijo, y yo sentí que algo se atoraba en mi garganta. Me tomó la mano y no pude negarme. En breves minutos comencé a sentir cómo la brisa marina recorría cada centímetro de mi cuerpo.

-“¿Más tranquilo?”-, preguntó Sonja.

-“Un poquito”-, respondí.

-“El cuerpo desnudo no tiene nada que ver con el sexo”-, sentenció mi colega.

Tres horas después, ya había caminado desnudo a lo largo de la playa en varias oportunidades, no había experimentado ninguna temida erección, me había sentido conectado con la naturaleza, pequeño como una célula en este maravilloso universo que se llama Playa Luna. Hasta había cruzado miradas con otras personas, saludándolas con un leve movimiento de la cabeza. Creo que alcancé a intercambiar tres o cuatro palabras con un joven veinteañero, hasta que de pronto me di cuenta que estaba rodeado de cuerpos, potos, piernas, penes, abdómenes, tetas, brazos, manos, pero me di cuenta también que a Sonja y a su esposo, así como a sus pequeñas hijas, desde hacía un buen rato, les venía mirando a los ojos.
Hasta hoy agradezco a Sonja su invitación. Hasta hoy, que frecuento Playa Luna con mi familia, porque aprendí a desnudarme de mis miedos y de la creencia de que el cuerpo tiene que ver exclusivamente con el sexo. Aprendí a desnudarme de aquellas inhibiciones que me enseñaron a tener desde la más tierna infancia.
Aprendí a desnudar mis prejuicios y entendí que el estar desnudo sólo molesta a quien acostumbra a escrutar al prójimo.

Sí, verdaderamente me había logrado desvestir. Estuve totalmente desnudo frente al mar.



FIN

jueves, 13 de diciembre de 2007

El Hermano



W. B. U.

Cuando fue llevado ante Dios, para enfrentar el juicio, Caín recordó para sí las muchas ocasiones en que le dijo a su hermano que no fuera arrogante, ni mentiroso.
Recordó las oportunidades en que lo veía retozando bajo los árboles, comiendo por gula y engordando. Entonces le decía que la pereza era un pecado, pero nada parecía motivarlo a cambiar. Como respuestas sólo recibía burlas y desprecio.
Descortés, ambicioso y despiadado con las inocentes criaturas de la Creación, había visto la oportunidad de aprovecharse de ellas, traicionar a Dios para gobernar la Tierra como único señor. Quería que todos le rindieran pleitesía, incluso él y sus padres.
Por ello fue que comenzó la discusión y al no entrar en razones, Abel se encolerizó y se abalanzó en contra de su hermano para matarlo; sin embargo, acostumbrado a los rigores de la caza, con agilidad felina, Caín se hizo a un lado, movimiento que hizo perder el equilibrio a su hermano que terminó cayendo por el acantilado.
Contar que su muerte fue un accidente fue impensado por Caín, ya que tendría que poner en conocimiento de todos los graves antecedentes del hecho. En su corazón siempre había anidado la bondad, por lo que no permitiría que nadie, nunca, pudiera hacer mofa de la pequeñez y los defectos de su hermano.
Entonces respiró hondo y se atrevió a entregar una versión oficial, mintiendo por primera vez…

FIN

viernes, 7 de diciembre de 2007

En el baño



W. B. U.

Fui levantando lentamente mi cabeza, mientras un murmullo monocorde me aseguraba que afuera la gente pasaba raudamente, dándose de empellones y llevando a cuestas, en todas direcciones, sus vidas y esperanzas. Mis tímidas pupilas demoraron en mirarlo a los ojos, pero cuando finalmente lo hice, vi en ellos la frialdad de una decisión inquebrantable, una decisión ya tomada, de aquellas que uno piensa que comprometen todo el libre albedrío. Pasado, presente y futuro, fundidos en una sola decisión.
Como muchas veces me había pasado, nuevamente estaba en el lugar equivocado y en el momento inoportuno. Otras veces había sabido sacarle el cuerpo a más de algún problema, pero esta vez detrás de él, por sobre su hombro derecho podía ver yo la puerta del baño y, en esta ocasión, sólo me quedaba enfrentar mi suerte. Esta vez estaba en una incómoda situación y no podría hacerle una verónica, una finta al destino.
Se cumplían las últimas semanas del año y me encontraba en el baño de la Facultad de Ciencias Económicas de la universidad. En el lugar, permanentemente hay un entrar y un salir de jóvenes estudiantes. Sin embargo, como por una sentenciosa decisión del destino, esta vez no entraría nadie más. El fatal hado de mi vida ya había lanzado mis dados y me tocaba esperar el desenlace de los hechos.
Nunca pensé que el suicidio de un hombre sería una forma de terminar con sus preocupaciones y sus problemas, si es que fuera una forma válida. Nunca pensé tampoco que tendría que presenciar algo tan escalofriante como ver a un tipo que se va a levantar la tapa de los sesos; pero allí estaba yo, sólo en un frío baño y mirándolo a él, que ya tenía el revólver apoyado en la sien izquierda. Detrás de él se veía la puerta que ansiaba. Ese dintel marcaba el límite exacto entre la anécdota más conmovedora de mi vida y la tranquilidad de mi anónima existencia. Pero era un límite al cual no podía acceder. Era un balcón inaccesible, una puerta tapiada. Mis manos comenzaron a transpirar y mi ritmo cardiaco se aceleró a mil. Un grito se atoró en mi garganta y permaneció allí, quitándome el aliento hasta provocarme una angustia enorme. Me miró con unos ojos sombríos que ya no decían nada. Eran dos esferas de acero bruñido y helado. Dos esferas que ya habían olvidado la forma de llorar. Detrás del cristal oscuro de sus pupilas sólo se adivinaba un profundo abismo de miedos y fracasos.
El silencio eterno y también profundo de aquel baño, era interrumpido por el monótono goteo de una llave, cuyos minúsculos ecos rebotaban en las paredes de cerámica. El macabro espacio era sacudido por la intermitencia algo enfermiza del tubo fluorescente amarillento que iluminaba malamente el recinto. Una extraña mixtura de hedores a orines y humedad, mezclada con los efluvios químicos marinos de aquellas pastillas que cuelgan dentro de las tazas de los baños llegaban, como una intromisión, hasta mis pulmones hiriendo impunemente mi nariz.
Sus oscuros ojos estaban ya vacíos y ni un reflejo se vislumbraba en la oscura extensión de su mirada. La otrora brillante superficie de sus ojos mostraba una opacidad que quería anticiparse a la muerte. Al atreverme a mirarlo pensé que ya estaba muerto. Tal vez la vida ya se le había ido y jalar del gatillo, en breves segundos más, era sólo un mero trámite obligado por la fuerza del destino.
En esa universidad en la que la casualidad quiso reunirnos, durante largas mañanas veía el mismo rostro. Aunque durante mucho tiempo vi en sus ojos el brillo de la esperanza y los sueños, ahora, no había nada eso. No quedaba ni un sólo rastro de lo que pudiera llamarse un poco de amor propio. Pensé, al verlo por primera vez, con el revólver apoyado en su cabeza, que sentiría miedo, pero nada de eso ocurrió tampoco. La situación era tensa y yo nunca me había imaginado vivir una experiencia así.
Afuera, me esforzaba en imaginar, el sol debía estar cayendo de lado sobre los árboles y estar pintando miles de sombras sobre el césped.
Siempre me caractericé por ser algo tímido, quizás hasta cobarde, pero me excitó el saber que estaba deseando verlo cuando se levantara la tapa de los sesos y su vida se le fuera violentamente, como un estornudo, como un orgasmo infame, como un relámpago al cual le seguiría una noche tenebrosa y el silencio. Pensé que tal vez sería prudente retroceder, para verlo mejor. Él también retrocedió.
Me desconocía. Nunca antes había sentido ese gustillo morboso que ahora me excitaba. Quizás mi madre sentiría vergüenza de los sentimientos y aún deseos de su hijo, que tenía por fama el haber sido siempre tan empático. Pero ya hacía mucho tiempo que había abandonado el calor y la seguridad del hogar y las cosas inevitablemente cambian. Las cosas cambian, así como los sueños, y sin pensarlo, estaba yo en una tribuna privilegiada, solo en un baño, presenciando el suicidio de un hombre. Nadie tendría que contármelo, lo iba a presenciar. Ya no sería el segundón que siempre fui y que siempre estuvo lejos de lo verdaderamente importante, de lo realmente significativo. Ahora nadie me tendría que decir cómo era un suicidio y tal vez esta experiencia extrema sería un reiterado tema de conversación en el que por fin estaría en el centro de la preocupación de los demás.
La cabeza, sin embargo, estaba a punto de estallarme. Cada latido de mi corazón retumbaba en mi cabeza, hacían sacudir mis sienes. Parecía que el corazón se me escapaba del pecho cuando comencé a verlo como apretaba lentamente el gatillo de su revólver. En esos momentos, la suerte de toda una vida dependía de la fuerza de un solo dedo. Su respirar era cansado, abandonado al delirio de la entrega, porque eso hacía, se estaba entregando cual mártir de su propia ignominia, porque a pesar de sus relativos éxitos el saldo final de su vida era considerado un fracaso. Yo no quería gritarle que se detuviera. Tampoco tuve la valentía de lanzarme sobre él y arrebatarle el arma. El martillo se iba lentamente hacia atrás mientras la nuez comenzaba a girar. Mis ojos se fijaron en el reluciente reflejo del metal, el cuadro que veía estaba lleno del metal negro del arma. Yo intentaba adivinar cuando se desencadenaría todo, intentaba precisar el momento exacto en que el martillo del revólver dejaría de abrirse para comenzar su violenta liberación hacia delante, hacia el fulminante de la bala que esperaba con paciencia de bronce en la recámara…

El detective que realizó el peritaje también sacó muestras de la sangre que había salpicado el espejo del solitario baño.

FIN

domingo, 18 de noviembre de 2007

El disco viejo



W. B. U.



…nas tengo de llorar, si con llanto quiero ahogar esta pena que me ma’nas tengo de llorar, si con llanto quiero ahogar esta pena que me ma’nas tengo de llorar, si con llanto quiero ahogar esta pena que me ma’nas tengo de llorar, si con llanto quiero ahogar esta pena que me ma’nas tengo de llorar, si con llanto quiero ahogar esta pena que me ma’nas tengo de llorar, si con llanto quiero ahogar esta pena que me ma…


FIN

sábado, 17 de noviembre de 2007

La Abuela









W. B. U.

Allí va y allí viene, incansable, la silueta de la abuela. Tiene 106 años y hace poco menos de veinte quedó viuda. Yo la miro y veo el despropósito. ¿Cómo es posible que siga viviendo con esa vitalidad, y a qué costo? Porque sé de su artritis, de sus cataratas, de su avanzada sordera y de otras afecciones propias de los años.
Su vida le cuesta, pero ella, como siempre ha sido, mástil de la más noble madera, hace transcurrir los minutos del día con canciones aprendidas hace más de un siglo.
--Abuelita--, le grito al oído mientras le acaricio tiernamente esas escasas trazas plateadas que le dejan entrever la redondez del pequeño cráneo— pero callo el resto de la pregunta, porque frente a su vitalidad, no me atrevo a hablarle de muertes.
Ella, la supuestamente frágil señora que apenas se empinó sobre el metro y cincuenta y que ya ha perdido diez centímetros a causa de una reumática joroba que la quiere hacer caer, me sonríe un tanto absorta en la lejanía de sus recuerdos.
Ella, la abuela de tantos, ya ha sepultado a tres hijos, a quienes les dedicó las mejores pompas fúnebres, los mejores halagos. Ella, ya ha sepultado nueras, sobrinos, hermanos, y a su marido por 65 años. Ahora, se arrima a la ventana y mira el paisaje con los ojos del recuerdo y lo ve sin edificios, ni calles en las que pululan modernos automóviles y microbuses, en medio de una ensordecedora cortina de bocinazos.
Me pregunto entonces, ¿qué propósito la mantiene aferrada a esta vida? Y ella me adivina y deja resbalar las palabras casi con vergüenza…

…ay mijito, y pensar que todavía tengo que sepultarte…


FIN